TOKIO BLUES I

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I once had a girl

Or should I say

She once had me…

Por: David 2

Eran casi las dos de la tarde y la chica no aparecía. Resignado con mi mala estrella y evitando, de cuando en cuando, las miradas furtivas de todas y cada una de las camareras del local decidí que lo mejor para mí era dejar de pensar. Me tome su copa de vino cuando hube dado buena cuenta de la mía y comencé a leer.

Desde la primera página parece creíble, atrapa. Los diálogos se suceden de forma tan natural que hasta te olvidas de que estás leyendo, pues los personajes toman vida propia. La psicología de cada personaje es compleja pero está bien transferida al lector. Su extraño autor es políticamente poco correcto y expresa sentimientos sin llegar a transformarlo en emociones en los personajes mientras admiramos como el personaje principal se sincera con nosotros (sin conocernos de nada, ya que no existimos en su mundo), y nosotros mientras nos quedamos al otro lado de su universo bidimensional con la boca abierta. Pasmados y expectantes.

Sin duda un relato urbano complejo y poliédrico, pero extraordinariamente construido y creíble; quién ose dudar de que Naoko o Midori no existen mientras inspiramos y expiramos es que está menos cuerdo que algunos de los personajes desatornillados y quebrados como muñecos de trapo, que traspasan el mundo de Murakami al nuestro. Se palpa la incomunicación y la rigidez social características de la sociedad nipona, notamos el aderezo de los buenos modos… y ¡por Dios, qué obsesión con los autores occidentales! Sí lo sé, la Restauración Meiji, el militarismo, vivir para la empresa y una generación perdida que no sabían que lo eran.

Hay dos novelas dentro de la novela y el capítulo sexto es el que las vertebra… de alguna manera, pero lo hace. Sus pequeñas historias, aunque irrelevantes en cuanto a lo falto de su trascendencia emanan originalidad y frescura… los domingos también yo me doy cuerda. Los cánones de la sensibilidad japonesa por la belleza de formas imperfectas se ajustan a la perfección con el retrato de todos y cada uno de los personajes, sobre todo de los más quebrados y profundamente humanos. Sin duda Japón es el país de la sensibilidad emocional, del culto a la naturaleza, pero a veces esta se tuerce y se pervierte derivando en cierta sordidez que puede apreciarse en alguno de los compañeros en la residencia de estudiantes de Watanabe y en el continente, contenido y consecuencias de algunos de los encuentros sexuales recordados o imaginados por el autor. Recuerdo uno en concreto que sigue perturbando, como al leerlo, mis instintos más primitivos… y que gusto da leer algo así.

Su lectura deja un sabor agridulce a quién osa probarla, quizás un bocado igual de ineludible que la adolescencia por la que todos pasamos. Las muertes que se describen en el libro son, a mí modo de ver, una expresión del inconsciente de Murakami literaturizada conformada por dos capas: una es experimentada por el que se va y la otra la padece (con mayor o menor intensidad) el que se queda.

Pero os había engañado. Es una licencia que me permito como escritor. Lo cierto es que son las tantas y mi cerebro se encuentra parcialmente desconectado de la realidad. No obstante entre línea y línea vienen a mí mente flashes en los que me veo a mí mismo retratado con diecinueve años resignado y maldiciendo mi mala estrella mientras espero a esa chica.

And when I awoke

I was alone

This bird had flown

So I lit a fire

Isn’t it good

Norwegian wood.

Todavía hoy la sigo esperando.

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