Navona nos trae la Antología poética de Sylvia Plath: versos en la Siberia del corazón

Título: Antología poética

Autor: Sylvia Plath

Editorial: Navona

Calificación: *** (Libro de referencia)

Por: José Carlos Rodrigo Breto

 

La recuperación de la obra de la poeta norteamericana Sylvia Plath es una extraordinaria noticia para la literatura. Un paso más, un avance en esta tarea, es el más que notable trabajo editorial de Navona, que ha presentado la Antología poética que llevó a cabo el marido de Plath, el también poeta Ted Hughes, de forma póstuma y al poco tiempo de haberse suicidado su esposa. Navona, dentro de su colección de Ineludibles, corona esta labor de reivindicación de la autora presentando una nueva y vigorosa traducción de mano de la también poeta Raquel Lanseros.

Hay que reconocer la dificultad del trabajo de Raquel Lanseros afrontando unos poemas tan complicados como estos que son, además, la expresión de una voz única y personalísima. Es todo un reto, y en el prólogo conciso y directo la traductora reconoce la zozobra y la responsabilidad que significan afrontar semejante desafío, que ha resuelto sobresalientemente.

Hughes ordena las piezas por fecha de composición, con lo que construye una Antología poética que también es un recorrido por la compleja evolución, o tal vez descomposición, de la personalidad de la poeta.

La trayectoria literaria vital de Sylvia Plath, en lo relativo a sus publicaciones es muy escasa. De poesía tan solo publicó un libro: El coloso en 1960. Y una narración ya al final de su vida: La campana de cristal de 1963, que se considera una novela juvenil dado que rememora algunos momentos de la adolescencia de Sylvia, pero que al estar escrita al borde del abismo contiene un inquietante mundo que coquetea con el suicidio, la depresión, la locura y la muerte, acusando una especie de barroquismo desasosegante de novela gótica victoriana.

El primer poema seleccionado por Ted Hughes para la Antología poética ya es toda una declaración del estado de ánimo que se irá apoderando de la escritora a lo largo de su vida, lidiando siempre con los instintos suicidas, el desencanto depresivo y la angustiosa presencia de la muerte.

Se trata de La señorita Drake se dispone a cenar, escrito en 1956, y en donde ya aparece el desequilibrio mental de una paciente de un psiquiátrico. Es la primera gran imagen de la locura que antecede a la muerte y que tanto se repetirá en los poemas siguientes. Por eso, el segundo poema, Solterona, nos permite ver el mundo interior de Sylvia Plath: un mundo yermo y helado, en donde no son capaces de arraigar los sentimientos. En un juego climático, la voz protagonista del poema se resiste a la llegada de su primavera interior. Uno de los principales problemas de la autora, su permanencia continuada en una Siberia del corazón.

Una sensación, la de encontrarse congelada, aplastada, sumergida en el agua, que es una fijación en su vida y en su obra. En A cinco brazas de profundidad nos lo advierte con un verso final desolador; “preferiría respirar agua”. La poeta se ubica en toda una tradición de poetas suicidas que se ahogaron, con referencia especial a Virginia Woolf, de quien admiraba tanto su obra como su muerte.

Por todo esto, el suicidio es un motivo continuado. El poema Suicidio en Egg Rock vuelve a trabajar y percutir sobre los mismos mimbres y nos permite intuir el futuro que le aguardaba a Sylvia. La decadente punta de Egg Rock en Massachusetts se había convertido en el lugar favorito y perfecto de los suicidas. Tenía un magnetismo especial para la autora, que no puede evitar rendirle un poema. En La campana de cristal ya señala esta ubicación como el sitio en el que tal vez podría afrontar su suicidio.

Este Suicidio en Egg Rock es una de las obras maestras de la escritora, y lo es, en parte, por el poderío de sus imágenes, perturbadoras, que traen la presencia de la muerte de una manera descarnada y directa: “las moscas se filtraban por la cuenca del ojo de una raya muerta” o “las palabras de su libro abandonaron las palabras como gusanos”, mientras pasa un “chucho corriendo al galope”, como alertado por la presencia de la desgracia en el lugar.

Aunque aparece en la Antología poética como un poema único, Las piedras es la séptima parte de Poema para un cumpleaños. Se trata de un recuerdo de la terapia de electro choque a la que la autora se sometió después de su primera tentativa de suicidio, buscando una cura a esos impulsos. Los rastros que la electricidad deja en la poeta la llevan a equipararse al monstruo de Frankenstein, algo de lo que, en ciertos aspectos, ya habla también en la novela La campana de cristal.

Será en El balneario calcinado en donde podamos comprobar en todo su relieve el mundo visual de las composiciones de Sylvia. Son las ruinas del antiguo balneario de Saratoga Springs como un osario blanqueado al sol, también los restos románticos y decadentes de un naufragio. Es el intento de esta poesía la búsqueda de una forma en la que pueda enseñarnos la enfermedad de los cuerpos. La anatomía entendida como un vehículo para la muerte, una vasija en la que viaja la descomposición, la putrefacción, como unas flores colocadas en un jarrón. Pronto se marchitarán.

Por eso, el cuerpo humano es vida y promesa de muerte en la poesía de Sylvia, y de ese desgarro que provoca tal dualidad nacen algunos de sus poemas más hermosos, pero también más torturados. La naturaleza encierra ese ciclo de vida y descomposición, por tanto es un excelente motivo poético al que referirse para explicitar esta contradicción: Olmo, Tulipanes y Amapolas de julio son composiciones que giran sobre este concepto.

Esta comprensión de la existencia lleva, casi de forma inevitable, a un angustioso devenir que se transforma en insomnio; de ahí que el poema Insomne sume, a la exasperación de una vida insoportable, la destrucción que provoca el no poder conciliar el sueño por las noches. Una situación que, quienes la conocemos muy bien, lleva a entender el amanecer de un nuevo día como la llegada de “la enfermedad blanca” que todo lo inunda con una luz de amargura.

Será Espejo un poema que aúne los principales motivos de la escritora de forma contundente. Cierta mitología romántica, el concepto de locura asociado a personajes míticos como la Ofelia de Shakespeare y, como no, la idea del doble, también muy del Romanticismo alemán en su figura de Doppelgänger o “gemelo maligno”. El tema del doble es un referente en Sylvia Plath. Tanto, que a él dedicó su tesis doctoral.

El término “espejo”, generalmente asociado a la figura reflejada en él, es decir, a un doble, es una de las palabras más recurrentes de la poeta en su obra. Ese desdoblamiento extraño —tratado en extensión en La campana de cristal— y que produce cierta incomodidad o rechazo, confraterniza en este caso con las leyendas de las mujeres del agua como por ejemplo Ondina, de Friedich de la Motte Fouqué. De esta manera, el poema Espejo es un compendio de motivos literarios que abarcan desde Shakespeare hasta el Romanticismo alemán.

Toda la brutalidad visceral, la ira de la voz de la poeta, se concreta en uno de sus poemas más célebres, Papá. El ajuste de cuentas con su padre es salvaje e inmisericorde. Los paralelismos que Sylvia establece entre su padre y el nazismo, con mención de los Campos de Exterminio por su fatídico nombre, así como la imagen desmesurada de un ogro que se asemeja, otra vez, a Frankenstein o Drácula, hacen de esta composición una de las más celebres y estudiadas por la crítica.

La violencia verbal, el odio completo, cristaliza en ese “cabrón”, final. Es un arreglo de cuentas psicológico con la figura paterna en donde sale a relucir todo el aborrecimiento, los problemas mentales a los que la poeta se vio sometida y los complejos que revientan en el poema. Como en la Carta al padre de Kafka, la sinceridad de la autora es un alambre de espinas para la memoria del padre.

La Antología poética aporta algunos de los poemas más celebres de la voz de la autora, como Ariel, Muerte y Cía. y Los maniquíes de Múnich. Se trata de una poesía dañina y suicida, hermosamente herida. Al ir leyendo las composiciones sabemos que, irremediablemente, nos acercamos al fatal desenlace concretado en Filo, escrito en 1963, el último poema de la autora.

Hasta aquí hemos llegado, se acabó”, nos avisa en uno de los versos de Filo. Nosotros sabemos que ahora, con cada lectura, volvemos a conseguir que la poderosa y única voz de Sylvia Plath resuene en nuestro interior y que consiga lo que, curiosamente, no lograron los poemas en ella, encender un fuego de infierno que derrite nuestra propia Siberia interior.

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