Oculta poética del útero etéreo – Parte II: Ophelia – De Erika Rodríguez

Por: Montserrat Doucet

Revisado por: David Blanco

Hay poetas que fascinan, tal vez porque en ellos encontramos resonancias de lo que antaño nos introdujo en las misteriosas salas de la palabra y poetas que nos siguen fascinando años después porque encontramos en su obra una serie de concomitancias de misterios revelados, una especie de iniciación compartida que raya en lo sacro y que se suma a la fascinación que sentimos cuando leímos por primera vez sus versos. Es por eso que quiero rescatar la preciosa palabra denostada, olvidada, sustituida, de poetisa para referirme a Erika Rodríguez.

Ophelia, ópera prima de esta poetisa peruana, es un poemario de gran originalidad: intenso, breve, bello.

Del poemario de Erika Rodríguez me fascinó la noche, motivo al que los poetas han recurrido constantemente y a la que San Juan de la Cruz otorgó místico protagonismo. Un poemario que Arturo Corcuera destaca por “la pulcritud de su poesía y su propensión interior por internarse en la sombra, en lo lúgubre, en los pliegues más enigmáticos de la noche…”

La noche en Ophelia adquiere un sesgo inaudito pese a recoger en cada una de sus acepciones ecos de otras voces que lejos de restarle originalidad le dan intensidad y nos redescubre lo que significa ser poeta, tener esa capacidad de crear, de levantar mundos posibles mediante las palabras, esas palabras que en alguno de sus significados también sirven a otros para edificar sus sueños. Para Erika, la noche es “la dama perpetua / de fúnebres encajes de sombra”, “un conjuro exquisito” y llega “como una estación monacal” o “como un óleo estridente de sombras”; en la noche es “donde ahogamos todas las llamadas”.

En San Juan de la Cruz la noche era guía de los amantes que ansiaban su unión y era también un espacio, un vacío susceptible de ser llenado, donde la unión entre la amada-alma y amado-Dios era posible. En el poemario de Erika la noche, ese “escenario delineado y vacío” es la bella que “en nombre de Ophelia / te espera” y es el espacio donde la realidad más dolorosa se manifiesta bajo la bella forma de lo mítico- erótico: es en la noche cuando “un fauno se aproxima”, “Es un fauno que llega pálido / infiel y sereno”.

Después de unos años y tras la relectura de este poemario me siguen fascinando sus versos. Leo en Ophelia:

“E s T r E m E c I d A

detrás de las cortinas de la noche

una sombra se esconde.

Detrás de las cortinas

el cadáver de la mañana.”

E inevitablemente resuenan en mi mente los estremecidos versos de otra poetisa admirada, antigua, japonesa, que acompaña mi verano en los bosques: son los versos de Akiko Yosano, también estremecidos de pasión:

“Murmullos amorosos

tras la cortina de la noche

constelada de estrellas;

lejos del mundo y de la gente

me arreglo el pelo desordenado.”

Akiko revolucionó la poesía de su tiempo con su Midaregami (pelo revuelto), Ophelia es “un libro insólito dentro de la poesía reciente del Perú en el siglo XXI” argumenta Marco Martos en su prólogo.

Akiko supo recrear hace un siglo el profundo misterio de la mujer que flota en el agua con su larga cabellera suelta: “aunque suelto en el agua/ mi largo pelo de cinco shakus,/ mis sentimientos de mujer/ permanecen secretos/ retenidos.”    Erika nos canta:

“La bella es la noche

y en nombre de Ophelia te espera

con el rostro pálido y oculto

con el cabello desordenado

con peinetas de bronce

te espera.”

“Qué difícil es distinguir entre la noche / y una mujer ahogada hace tiempo en un estanque.” Epitafio de Xavier Abril al comienzo de este poemario. Qué difícil matizar la fascinación que nos produce una mujer que se arregla el pelo revuelto tras el amor en el espejo, junto a las cortinas que la preservan de la noche y la fascinación que nos produce una mujer flotando con sus cabellos revueltos en el espejo-estanque que sostiene su bella imagen. Porque para Erika la noche es líquida, está “alumbrada de peces” y es también el mar, el agua, y por extensión el agua que fue sepulcro para Ophelia de Shakespeare y donde ahora “en versos se hunde un barco” pero también “tu voz de océano” y “mi olor a mar”; “el suave espejismo / que trae la marea / a media noche”. ¿Se pueden encontrar más registros sobre el agua y la noche? Tal vez sí pero no tan sugerentes como se nos ofrecen en este libro que comienza con el poema “Ophelia” y concluye con el poema “Epitafio”, el poema a la tumba líquida de una muchacha que fluye a lo largo del tiempo sosteniendo el misterio del eros y de su silente belleza, detenida sobre las aguas.

Montserrat Doucet

En Tabanera de Valdavia a 11 de agosto de 2017

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Nota del autor:

En las diferentes entregas de “Oculta poética del útero etéreo”, exploraremos las vertientes de la poesía femenina desde múltiples ángulos, revisaremos los principales trabajos, descubriremos poetas todavía cubiertas por el peso de la historia y del desinterés e intentaremos desgranar el porqué se trata de un valor en alza que irá (sin duda), recuperando el terreno prohibído en los últimos años para poder acabar ocupando el lugar que merece en el ámbito literario.

El presente trabajo forma parte de una serie de reseñas o reflexiones personales de nuestra nueva colaboradora Montserrat Doucet,  sobre poemarios que la han impactado. Se trata de poetisas americanas actuales que nuestra nueva colaboradora,  tuvo la oportunidad de conocer.

 

 

 

 

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