Lázaro poeta se sube al andamio: Poesía en Obras, de Emilio J. Ocampos

Título: Poesía en obras.

Autor: Emilio J. Ocampos.

Editorial: Lastura

 **Interesante

Son la seis en punto de la mañana y el poeta se despierta para acudir a su trabajo en la obra. Así arranca el libro Poesía en obras, de Emilio J. Ocampos, que nos trae la editorial Lastura. A estas alturas de quiebra de lo poético, donde resulta tan complejo encontrarse algo que realmente sorprenda y abandone el corsé de los lugares comunes, ya solo me emociono con aquellos poemarios que de verdad puedan mostrarse originales y combativos, capaces de cautivarme, de acaramelar mi paladar acorchado de sumiller de poesía en tiempos de encefalograma plano.

Parece que en Lastura se han dado cuenta de esto de inmediato, y tras dejarme boquiabierto con el trabajo de Heberto de Sysmo, ese La flor de la vida que también fue reseñado aquí, en Verde Luna, me encontré en el buzón de casa con la alegría de Poesía en obras. Cada vez es más complicado toparse con un poemario que te sujete de las solapas y te agite, te abofetee y te despierte de nuevo para el mundo lírico. Ocampos lo ha conseguido.

Es Poesía en obras una queja, una batalla entre dos mundos que parecen, hoy por hoy, imposibles de conciliar: la sociedad de consumo con todas sus obligaciones, exigencias y convenciones, y el mundo poético, con su ensoñación; y aquí radica el conflicto, la incapacidad por parte de ese mundo poético de mostrarse rentable ante una situación, la actual, que tan solo valora aquello que proporciona una riqueza material, nunca espiritual. Ser poeta, en estos tiempos, es ser idiota.

El poeta en la sociedad de consumo, en el seno del mundo moderno, insertado en la competitividad de la cultura del éxito, es un mamarracho embebido en su universo de lunático. Un tipo poco práctico, por no decir que un insensato. Un irresponsable, vamos. Incluso, un egoísta que no se preocupa nada más que de sus versos. Porque con esos versos nunca te concederán una hipoteca en el banco, ni podrás realizar la compra en un supermercado, ni abonar los recibos del gas y de la luz.

El poeta necesita de un trabajo alimenticio para saciar sus tripas, mientras el alma ya la tiene bien nutrida de versos. Eso significa una tensión imposible de soportar para todos aquellos que hemos luchado por compaginar el impulso de la creación artística con la jornada laboral. Y fruto de ello aparece un continuado malestar, una amargura que se nos derrama por la cabeza, que nos baja por los hombros como un manto de nausea. Emilio J. Ocampos plasma en sus poemas el resultado de esa tirantez entre dos mundos que colisionan, la perversidad que significa ponerse el mono de trabajo sobre el vestido de poeta. Además del dolor de la percepción lírica de una realidad venenosa —el dia a día en el trabajo— que bajo el prisma del creador aparece doblemente hiriente.

Empecé diciendo que el libro comienza con el poeta que se despierta a las seis de la mañana para afrontar una nueva jornada de trabajo en la obra. De inmediato, se desencadena el conflicto de intereses entre dos voces: una en cursiva, que pertenece al poeta y que defenderá su visión del mundo, frente a la voz en letra redonda, que representa a la sociedad, a las convenciones, a ese hacer lo correcto. A veces, ambas voces pueden compaginarse en la cabeza del poeta, pero en otras ocasiones representan a personas tales como el jefe de la obra. En cualquier caso, entablan un dialogo enconado, de tintes teatrales, en donde funciona el agón para plasmar la tensión interior del yo poético protagonista.

En un curso que impartió hace unos años Fermín Cabal, dramaturgo, sostuvo la teoría de que el agón era el principio y final de toda obra teatral, que sin el agón no habría teatro. El agón —palabra griega— es la contienda, el desafío, la disputa, el conflicto. Y todas las obras de teatro se estructuran en relaciones de agones entre sus personajes. Este recurso del agón resalta la lucha de las dos voces y teatraliza el poemario, dándole un relieve que lo lleva más lejos de lo que alcanzaría un simple compendio de versos lastimeros que plasmaran las quejas de un poeta. El agón es el motor primordial de la obra y el deus ex machina de esta Poesía en obras.

De esta manera, puedo dividir los poemas del libro en dos grupos: los que contienen el agón y los que no. Obviamente, en aquellos que no se produce el diálogo entre el poeta (lo que querría hacer o lo que debería ser) y la voz de lo que tiene que hacer y lo que debe ser, todo el texto aparece en cursiva. Así, a los recursos poéticos y líricos, se le han añadido unas marcas de imprenta que también proporcionan información con echarle un simple vistazo a las composiciones. Todo ello supeditado a una circularidad cuántica, dado que este primer poema, 06:00, se engarza con otro idéntico al final, lo que reactiva el poemario, devolviéndolo de nuevo al inicio. Es, en lugar de una cortazariana Continuidad de los parques, una continuidad poética, que se funde en un movimiento continuo, un perpetuum mobile de eterno retorno.

Pero la lectura de este inicio encadenado a su final, permite otras interpretaciones, y aquí se empieza a descubrir la riqueza y toda la complejidad de este trabajo. La voz en letra redonda, ya en su primera intervención, pronuncia una frase imperativa: “¡Levántate y anda!”. Es sencillo asociar esta frase al momento de la resurrección de Lázaro, y ello crea un horizonte de expectativas en el lector de las poesías (¿hemos leído alguna vez un poemario que nos genere un horizonte de expectativas o, simplemente, atendemos a la concatenación, más o menos acertada, de poemas contemplados como pinceladas individuales?). En efecto, un horizonte de expectativas casi narrativo, algo sorpresivo dentro de un poemario, porque si el yo del poético está resucitando, eso significa que ha muerto. Y si ha muerto para volver a levantarse cada mañana, es obvio que vamos a asistir a su lenta destrucción a través de las horas que conforman la jornada laboral.

De ese modo, el último poema, similar al primero, y viceversa, completan el ciclo de resurrección-deterioro-muerte-resurrección que articula el poemario. Vivir todas esas horas significa ir muriendo en todas esas horas, hasta agotar el día y agotarnos con él. Y si la poesía es una defensa contra las ofensas de la vida, la vida —pautada, laboral, sumisa— es una ofensa contra la poesía. Así, empieza todo.

Y todo, es lo que viene a continuación: los poemas se encabezan con la marca horaria en la que se desarrolla el conflicto, pueden saltar de quince en quince minutos, de media hora en media hora, o en horas completas, en una concepción, de nuevo, cuántica del tiempo. Las acciones más sencillas y rituales de la monótona jornada laboral, como desayunar, asearse o tomar café, después almorzar a medio día, y volver a casa al caer la tarde, provocan un dolor intenso a causa de la visión del yo poético, que percibe estas actividades con un relieve particularmente hiriente debido a su peculiar percepción artística, tal y como afirma en las 06:15: “Dentro de la cabeza tengo un yunque”.

Y la cama que ha debido abandonar la percibe con un acusado componente fúnebre. En efecto, la cama ha sido dadora de vida, lugar de sexo y alumbramiento, pero desde la visión de ese despertarse cada mañana, es el abandono del ataúd del resucitado, al que regresará como un cadáver al finalizar el día.  Este es el primer poema sin agón, circunstancia que obedece a la toma de conciencia de la voz protagonista de que, en cierto modo, es un muerto en vida, una especie de zombi lírico.

A las 06:30 es el momento de tomar el café. Siempre he pensado que el café es la derrota inicial de la mañana. Hay una canción de los Who sobre esta puñalada que significa aceptar la taza de café como la primera claudicación matinal aparejada a la condena de un día sacrificado a la jornada laboral. La canción, titulada Cut My Hair, pertenece al álbum Quadrophenia, y no en vano, esta ópera rock indaga en el inconformismo juvenil a la hora de tener que aceptar las convenciones de la sociedad biempensante: hay que empezar por cortarse el pelo para poder tener un trabajo. Una vez que se tiene, lo demás viene junto, incluido ese desayuno (en este caso inglés) que es el primer amoniaco que tragar en una larga jornada de acíbares: “My fried egg makes me sick, first thing in the morning”, canta la desgarrada voz de Roger Daltrey.

De esa forma, el café es un símbolo de la sociedad capitalista, la bebida que despeja la cabeza lo justo para afrontar los desprecios cotidianos, y a la vez, permite reunir las fuerzas suficientes para ser sumiso: “El café es para los que no quieren soñar”, nos advierte el poema. El ensueño, es algo que no tiene cabida en un mundo pautado para nuestra desgracia. Es como ese personaje de Platonov, por cierto un autor de marcada denuncia distópica, que fue expulsado de la fábrica por “pensar demasiado”.

No es de extrañar, por tanto, que el yo protagonista elija tomarse un zumo de naranja en el desayuno, algo que, debido a su carácter natural, puede sacudirle el “olor a alquitrán (…) este olor a ceniza, este olor a ciudad”. Estos aromas con los que despierta pegados al cuerpo, y de los que quizás se desprenda con ese zumo, aunque volverá a impregnarse de ellos en la obra, son también como la mirra y otros aceites con los que se amortajaba a un cadáver en la época de Lázaro. Quizás, al resucitar, Lázaro lo primero que percibió fueron los efluvios de su propia mortaja, como en el poema se huele el alquitrán y la ceniza. El muerto que vuelve a la vida laboral, un día más, se sacude de sus ungüentos.

A las 6:45 empiezan a aparecer las referencias al agua, que después se concretaran en un ansia de mar en el poema 06:50. El mar juega un papel importante de redención en el poeta. Lo interpreta como la sublimación del anhelo de libertad. El agua corre libremente y sin esfuerzo, el mar es un lugar asociado al sueño. El poeta sueña con mares porque desearía encontrarse en otro lugar, y puede escaparse, momentáneamente, gracias a la visión poética de la realidad. En 07:15, se nos aclara el poder del agua:

he visto como el río no se parte

los huesos al bajar

cada cascada

                        cada roca

                                      cada…”.

El agua es, más que nunca, un agua de vida. Un referente en el poemario, algo inalcanzable cuando se convierte en mar, alejado de la ciudad, que sin embargo se puede recrear poéticamente. En 12:00, el poeta afirma “que en lo alto de la grúa hay dos gaviotas”, y que

algunas veces,

y si estás en silencio

a partir de las doce

pasa un cangrejo”.

Y el mar es la propia poesía. Esa poesía que insufla esperanzas, tal y como refleja en los versos de 19:00:

la tristeza que deja la montaña

tiene vistas al mar”.

Esta asimilación del mar, no solo ya como la poesía, sino como el impulso poético en donde se pueda encontrar una tregua, se manifiesta en 20:00:

A donde vaya el mar

irá la música”.

A las 07:00 estalla el meollo del conflicto. Este es el poema central del texto. Ante la pregunta de los motivos que han llevado al poeta hasta el andamio, la obra o el tajo, no se puede proporcionar una respuesta convencional. Resultaría demoledor si contestara con un he venido a trabajar. Significaría aceptar la doma. Por tanto, es necesario reinventar el imperativo desde un punto de vista poético. Acude al trabajo:

porque el ladrillo no tendrá la vida,

porque el marfil e todas nuestras torres

hizo que se olvidara al elefante,

porque de noche a punta de bolígrafo

nos dieron a elegir

entre la poesía

                        o la vida”.

La acumulación de riquezas y el encastillamiento egoísta de la sociedad, han llevado a una pérdida de la memoria de lo que nos hace humano. Eso significan el mármol, el elefante y las torres mencionadas, y el poeta acude al trabajo casi como si se tratara de un acto altruista, para devolver la memoria de la humanidad al mundo. Evidentemente, su mensaje será en vano. Y puestos a elegir entre la poesía o la vida, se ha elegido la vida.

Sin embargo, abstraerse a la forma poética durante la jornada no es sencillo: “Hay tanto ruido que no encuentro el ritmo”, nos confiesa al inicio de 07:30. Se trata del ritmo para poetizar, que compite con los sonidos de la obra. En 08:00, el jefe le reprende con un “Aquí se viene a trabajar, ¿te enteras?”, aunque también podría ser la voz de su propia conciencia advirtiéndole de que tiene que dejar el alma de poeta fuera del trabajo. En 09:00 el poeta sentencia, a modo de consuelo o respuesta a este conflicto: “al menos yo recuerdo cómo huele el jazmín”, es decir, por mucho que se intente anular el espíritu poético, siempre prevalecerá sobre la jornada laboral.

A las 11:00 se produce una de las grandes revelaciones del libro, quizás el origen de todos los problemas, y no la lleva a cabo la voz poética, sino que en letra redonda se formula la máxima: “Hoy en día la gente//prefiere el cartón piedra a la escayola”. Esta reflexión pone de manifiesto toda una quiebra de valores, la crisis completa de un sistema; aparentar una posición, conseguir la satisfacción inmediata, el consumismo, ese lo quiero ahora y lo quiero ya, la incultura de la cultura del éxito, representada en el cartón piedra y contrapuesta a la escayola: ese conjunto de humanidades que ya sólo son un pálido ornamento al que nadie presta atención. Un estilo de vida que se extingue para dejar paso a una estructura mentirosa. Y producto de ello es la ceguera de los sentidos —“yo no veo nada”, afirma la voz en letra redonda—, el eclipse de todo el sistema, incapaz de percibir los delicados aspectos de la vida que están ahí pero de los que solo se percata el poeta: “se puede ver la arena entre los dedos”, en 12:00. Esa arena es el hallazgo lírico. La propia poesía.

Una poesía que, a causa de la ceguera espiritual, el sistema moderno no comprende, y además la ve inútil. La voz en letra redonda lo deja bien claro: “A mí la poesía no me gusta porque es que no la entiendo”, en 13:00. Y en 14:00, la hora de comer, cuando “el mundo se detiene en un mantel”, es el momento de la toma de conciencia de la necesidad de sostener un trabajo para subsistir ante la improductividad de la poesía:

Y yo,

            Yo que creía

que los buenos poetas

se alimentaban

de alpiste”.

Después de comer llega el inevitable retorno al trabajo. Esa vuelta al tajo es una especie de deconstrucción del cuento de La Cenicienta, puesto que el poeta afirma en 15:00:

no he perdido un zapato de cristal

y tengo

que volver al trabajo”.

Ya se intuye el final de la jornada laboral, con la perspectiva del desenlace funesto:

Los que estamos muriendo

sabemos que vivir

es cuestión de unas horas”.

De esta forma, llegamos a 17:00. Mediante una pregunta acerca de la suposición de que el mundo estaba bien hecho, el poeta responde con que no lo entiende. Al imaginario poético que enumera: “la mirada de un perro”, “pasear por el parque porque hace frío”, “el mar cuando se está durmiendo”, se le contrapone una serie de elementos que resultan incomprensibles desde la visión de la poesía: “el cemento”, la “obra”, los nacionalismos, el maltrato animal… Colisionan aquí dos compresiones muy distintas del mundo. El mundo en general se enfrenta al mundo poético. Y no sólo percuten uno contra el otro: ambos son incapaces de entenderse.

Quizás, semejante incomunicación, la imposibilidad de que ambos mundos puedan conectarse de alguna manera, por mínima que sea, queda reflejada en 18:00. La voz de la conciencia, tal vez por boca del jefe, manifiesta su previsión pensando en un futuro asegurado para el poeta, al que se le sugiere que el día que sepa bien el oficio podrá ponerse por su cuenta. Esta seguridad, la inversión en seguridad para los tiempos venideros, es algo incomprensible para quien hace poesía. Porque la poesía es un dolor interno que necesita ser alimentado, que no entiende de pasados ni de futuros. Solo del presente, cuando demanda su tributo:

Tengo un dolor

que espantaría de la plaza a las palomas,

Tengo un dolor que huele,

que duele

si no se riega.

 

Tengo un dolor,

un dolor que se muere

de ganas de vivir”.

Ese dolor es la poesía. Algo por lo que nadie “estaría dispuesto a pagar”.

El poeta retorna a casa tras la jornada laboral. Se ha teñido de negro, el negro fúnebre, que derrota al azul de la poesía. Azul, evidentemente, como un color aparejado a los poetas desde la época modernista de Darío:

“—La pena que nos mancha

No la limpiará el verde.

No la limpió el azul

Cuando éramos poetas”.

(En 21:00).

El poeta ha retornado cadáver a casa. Le resta cenar y volver a meterse en su ataúd. Es el zombi lírico; todo su impulso lírico revuelto contra él, algo que reflejan los colores, alegres, unidos a los adjetivos que producen el dolor. Los colores, ahora, hieren: “El naranja ahoga”, “el verde enferma”, “el añil pudre”…

Poeta albañil, retorna a tu cama. Ha terminado la jornada. Y, en efecto, en la cama se acuesta un poeta aniquilado, pero poeta, al fin y al cabo. Con todo el esqueleto dolorido por el día en el andamio, en la obra, los huesos le duelen a rabiar. Sin embargo, esos huesos son “los huesos de poeta” (en 22:00). Por mucho que le hayan aniquilado durante el día, el impulso lírico se sigue guardando en lo más profundo, en el mismo tuétano: la esencia de poeta.

El reloj corre por la noche, se suceden las horas… y se vuelve a despertar en 06:00, con el mismo poema que al inicio del libro. Se concreta, así, el cierre circular, la resurrección, y el nuevo comienzo. Asistimos a cómo el Lázaro poeta se sube al andamio. Otra vez.

La soledad encendida, haikus: un museo natural del verso

Título: La soledad encendida

Autores: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo

Editorial: Ultramarina Cartonera

Calificación: ** (Interesante)

Por Jose Carlos Rodrigo

 

Un haiku es como un chispazo, un destello, un relámpago poético. Por tanto, un haijin será un hombre-relámpago, un poeta que viaja con el asombro en la mochila, con el resplandor de la poesía colgado de sus parpados y prendido de sus dedos. Este libro, todo en él, es extraordinario. Es la historia de dos haijines que decidieron entremezclar sus poemas como si combinaran los naipes de una baraja de sorpresas. Pero también es la muestra de un gran amor por la edición. En ese sentido, todo el libro es un enorme haiku conformado de pequeños haikus, un descomunal asombro preñado de otros asombros que lo convierten en un monumento poético.

A la editorial Ultramarina Cartonera le corresponde el orgullo de firmar un ejemplar que es un pura sangre de la edición: un libro bello, un libro artesano y artesanal compuesto con materiales japoneses (bambú o tela de kimono) y plagado de ilustraciones únicas. Numerado y exclusivo, no hay dos ejemplares iguales ni dos portadas similares. En lo relativo a los deliciosos dibujos con motivos japoneses, son las manos de Susana Benet y de Sara García Lafont las que consiguen conectar con la naturaleza nipona mediante sus ilustraciones. Y como todo en el libro es brillante, el prólogo de Mila Villanueva y el epílogo de Raul Fortes Guerrero enmarcan los haikus. Unos poemas escritos a dos manos, sin declarar su autoría porque el poema japonés es eso, una emanación de la naturaleza en donde bien poca importancia tiene el poeta. Los dos haijines, vehículo que se encarga de plasmar el asombro, son dos poetas comprometidos con el haiku, dos poetas en estado permanente de aware o emoción: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo.

Pero antes de referirme al trabajo de estos dos poetas en La soledad encendida, no puedo menos que rendir un tributo a quienes me pusieron por vez primera en contacto con el haiku, allá por el año 2002. Fueron poetas, y también fueron dos, con ocasión de un libro firmado a medias, como si el haiku tuviera que venir acunado por un dúo de creadores, recelando de la individualidad. El texto, otro libro exquisito, una joya para los bibliófilos, de cuidada edición a cargo de la editorial Celya, se titula Paisajes hacia lo hondo. Un título realmente acertado para definir lo que representa el haiku para el haijin: la proyección en la naturaleza de un profundo estado de comunión con lo que le rodea. Y las poetas eran Almudena Urbina y Montserrat Doucet.

Son los haikus de La soledad encendida un recorrido por las variadas formas de estas composiciones líricas ancestrales. Hay, desde haikus a la naturaleza, pasando por haikus de Año Nuevo, e incluso haikus urbanos, una modalidad que no ha tenido mucho éxito en Japón, quizás por lo moderno, pero que sí se construye con gran aceptación en Europa. Y hay haikus tristes, y haikus intrigantes, y los hay de saludo a la vida, o sobre gatos, ranas y sapos, perros e insectos. Sobre árboles, flores y plantas, pájaros y ganado, incluso sobre agua y lluvia, demostrando que esta composición es versátil, que su traje rítmico se adecúa a la perfección a cualquier asunto, aunque a veces pueda alejarse algo de esa pureza sacrosanta que para los entendidos debe reunir el haiku.

El haiku clásico debe ceñirse estrictamente a tres reglas determinantes: en primer lugar a una métrica concreta (esos 5-7-5 versos en cada una de sus líneas); después, necesariamente, debe alejar el yo, la persona, el componente humano, de la impresión poética; y por supuesto, tiene que reflejar un instante vivido en la naturaleza, que aparecerá en los versos como congelado, atrapado, producto de ese momento deslumbrante que tiene que haberle sucedido al haijin.

Sin embargo, es cuando los haijines Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo desabrochan un poco esta camisa de fuerza estilística, alcanzan, quizás, las composiciones de mayor belleza. Panteras, colibrís o cisnes, engalanan sus pelajes y plumajes con el collar de estos versos. Y rayos, tormentas, nieves y soles resplandecen con mayor brío. Son instantes capturados con la red de la poesía, quedando detenidos en el tiempo, en la memoria, y ya para siempre en nuestra percepción, como ese gato que regresa de la lonja y huele a pescado, o ese perro que regala lametones a un niño delgado, o esas grullas que destacan en el cielo…

En efecto, es el título de la soledad encendida una definición gráfica. Casi anatómica, del efecto germinativo del haiku en el interior de la fisiología sensitiva del poeta. El haiku nace en un momento de intimidad lírica, y lo hace como una descarga eléctrica. Atraviesa al haijin con una sacudida de alta tensión, y los voltios poéticos encienden, literalmente, la inspiración compositiva ante aquello que se está presenciando. Entonces, ese instante queda apresado en la cabeza y el corazón del poeta como el insecto en el cazamariposas, y desde allí, pasa a conformar un libro como este que nos presentan Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo: un compendio de belleza que es un gabinete entomológico, en donde cada ejemplar poético aparece expuesto en su vitrina, atravesado por un alfilerazo de sensibilidad lírica, detenidos en el tiempo y en el espacio, desplegando sus vivos colores, sus delicados perfumes a tierra mojada tras la tormenta, a pan recién horneado en la tahona, a nieve invernal, y hablándonos con el sonido de las grullas en el estío y el lenguaje de los arroyos en otoño.

Todo esto es La soledad encendida. Pero, por encima de formas, composiciones, y versos, es un mayúsculo poemario al que cualquier día le saldrán alas y, dejando un leve polvillo tras de sí, saldrá volando por una de nuestras ventanas, a la búsqueda de otros lugares en donde anidar. En ese momento, nosotros también seremos ya haijines. Prisioneros, de por vida, en la belleza del latigazo del verso.

 

Adjuntamos algunos links de interés para una mejor aproximación a la obra :

  • Lectura de algunos kaikus por parte del autor
  • Referencias a la editorial:

https://editorialultramarina.com/

  • Entrevistas realizadas a los autores:

http://www.lagallaciencia.com/2015/11/la-soledad-encendida-de-gregorio.ht

http://www.rtve.es/m/alacarta/audios/el-ojo-critico/ojo-critico-haikus-heberto-sysmo-gregorio-muelas-02-06-15/3152626/?media=rnehttps://editorialultramarina.com/11-la-soledad-encendida-gregorio-muelas-heberto-de-sysmo/

 

 

Kamala o el Monzón de Kerala

Título: “La vieja casa de juguete y otras historias”

Autor/a: Kamala Suraiya Das

Traducción: Isabel García López

Editorial: Torremozas

Colección: Torremozas – Número 182

Valoración: *** (Obra de referencia)

 

Hasta que te encontré,

escribía versos, pintaba

Y salía con amigos

De paseo

Ahora que te quiero

Enroscada como un viejo perro callejero

Mi vida reposa, contenta en ti (Amor)

 

He aquí una poeta de verdad, una fuerza revelada de la naturaleza que se presenta como sigue:

No sé de política, pero conozco los nombres

De los poderosos, y puedo repetirlos como

Los de los días dela semana, o los nombres de los

[meses, comenzando por

Nehru. Soy India, muy morena, nacida en

Malabar, hablo tres llenguas,

escribo en

Dos, sueño en una (Presentación, extracto -1-)

Quizás lo más interesante de su vida sea haberse constituido en ejemplo a seguir, en referente para muchas mujeres con aspiraciones de independencia (o mejor dicho) de libertad respecto no sólo a sus maridos sino al resto de la sociedad y a las cadenas impuestas para la mujer. Desde el punto de vista ortodoxo (hindú y musulmán), su actitud vital su fuego que refleja con maestría en los versos del presente poemario, es ampliamente reprobable. No obstante hay que prevenir al lector respecto de dos puntos:

  1. Se trata de una mujer india de casta alta.
  2. Fue alentada y apoyada por su marido K. Madhava Das quien entendió que precisamente debido a su cuna sus futuro literario podría ser ampliamente oneroso sobre todo habida cuenta de que era descendiente de Nalapat Balamani Amma (madre) y Nalapat Narayan Menon (tío y conocido escritor).

Lo cierto es que desde el primer momento, desde la primera lectura de los primeros versos se nota cláramente que se está leyendo poesía altamente inflamable: Nos entregamos al fuego o a la  / Hambrienta tierra para ser lentamente tragados,  / Devorados. / Nadie descenderá de su cruz / Ni nos mostrará si herida, ningún díos perdido en / El silencio empezará a a hablar, ningún amor perdido / Nos reclamará, no, no vamos a ser / Nunca redimidos, ni creados de nuevo (Los desdencientes, extracto).

Sin duda se detecta un poso mucho más emocional que racional en la poesía de la autora, lo que la entronca casi directamente  y de forma muy intensa con las emociones del lector. La poeta no compone sino que habla cara a cara, con el corazón en la mano y puede que desnuda. Hay numerosas referencias al amado (y estamos casi seguros que no se refiere precisamente a su marido sino a diversos amanantes que parecieron poblar la vida de la autora), al pecado que es destilado socialmente… podría decirse que en sí mismo se trata de una oda al libre deseo de la mujer:  Sí, el único movimiento que conozco realmente/ Es el de nadar, / Es innato. / El hombre blanco que se ofrece / A ayudarme olvida,  / El hombre blanco que se ofrece / A sí mismo como una bebida fuerte / Es para mí,  / A decir verdad,  / sólo agua.  / Sólo un estanque verde pálido  / Brillando al sol.  / Rota de deseo.  / Floto en su vigorosa sangre / Secándome las lágrimas (El suicidio, Extracto -1-)

Sin duda podríamos afirmar que la poesía de Kamala Suraiya Das podría enmarcarse dentro del género (propuesto en estas líneas), de poesía antidevocional por su contenido, por su contexto y por la reivindicación que supone su mera existencia. La presencia de lo carnal elimina todo posible rastro de lo espiritual: Hubo un tiempo en que/ Estaba triste en Calcuta, unos días estivales / Que pasaban lenta, y/ Tristemente, como un cortejo detrásde un ataúd. Días / Cuando incluso mi cama no me daba Descanso, sino que como un mar agitado me sacudía/ [con / Sus olas y cómo gemía/ Y me lamentaba, y constantemente ansiaba un hombre de /Otra ciudad… (La buganvilla salvaje, extracto).

Concluiremos diciendo que la lectura de este trabajo es toda una experiencia sexual y sensorial que sin duda no dejará indiferente a ningún lector. Después de haber leído este primer trabajo nos quedamos primeramente atrapados (puede que asalvajados) por la intensidad y precisión en el uso del lenguaje empleado (también aqui hay que agradecer la excelente labor de traducción realizada) y podemos llegar a percibir (revisando el resto de su obra tanto en prosa como en verso) porque fue postulada al nobel de literatura en 1984.

Kamala Suraiya Das – un auténtico monzón literario. Que la disfruten.

 

Soy yo quién se ríe, soy yo la que hace el amor

Y luego, siente vergüenz, soy yo quién yace moribunda

Con un desgarrro en mi garganta. Soy una pecadora,

Soy una santa. Soy la amada y la

Traicionada. No tengo alegrías que no sean las tuyas, ni

Dolores que no sean los tuyos. Yo también me llamo

[a mí misma Yo. (Presentación, extracto -2-)

 

Para más información:

https://en.wikipedia.org/wiki/Kamala_Surayya

 

Los susurros de las sombras

Título: Las Edades del Laberinto

Editorial: Piedra de Sol

Calificación: ** (Interesante)

Autor: César Cabello

Por: David2

 

 

Un cráneo mal nacido cuelga en mi palabra

Esos hijos tuyos/penan al amanecer. (Prédica de Almas / Tres).

Oscuridad. Niebla. Muerte. Frío. Sombras que susurran.

Quizás sean estas las sensaciones más evocadoras que surgen tras la lectura de la inquietante obra de César Cabello. Lo más destacable de la edición y que llama la atención en cuanto se completa la lectura de los primeros poemas es lo descuidada que está la edición principalmente en lo que respecta a la tipografía escogida.

Las “Edades del Laberinto” está estructurado en torno a los siguientes bloques (o edades):

  • Ruinas de una Ciudad Inventada
  • Dos
  • Tratado de Música
  • Las Edades del Laberinto
  • La Cruz y las Tinieblas
  • Dos
  • Tres

En este extrañante e inquietente trabajo de poesía oscura el autor emulando a Dante recorre su propía distopía, mostrándonos un mundo oscuro, preñado por la muerte que puede tomar varias formas, que es observable tanto en animales como en personas y en cosas. El lenguaje claro (a pesar de lo oscuro), posee un enfoque claro, sin ambigüedades que ataca y pudre, que desacraliza.

Existe un término que quizás pueda explicar o aproximarse a lo que supone la poética del autor; lo hemos bautizado como antropo transformación poética y consiste en la materialización poética (esto es a través de la expresión matérica de cierto tipo de lenguaje literario), de sensaciones inspiradas por extrañas fuerzas de la naturaleza quizás disfrazadas tras el velo de la inspiración. Antropotransformación poética consiste en dotar a las cosas, los objetos y lo indefinido en forma humana, quizás perdida, quizás añorada.

Algunos aspectos del trabajo resultan particularmente curiosos (por no decir abiertamente inquietantes):

  1. Primeramente hay una alusión (y puede que obsesión), continuada a la religión católica, alusión que debiera ser entendida analizando la procedencia del autor de un entorno de pobladores originarios de Chile (mapuches de la Araucanía), donde la religión católica se impuso junto con el uso de la lengua (que a través de la Araucana precisamente dió origen a la tradición literaria en Chile). El tratamiento que se realiza de los símbolos, imágenes y aspectos relacionados con el rito, con la transfiguración y los diversos misterios no es precisamente amable. El primer poema del trabajo se titula precisamente “La santa Trinidad” y sus cinco primeros versos rezan de la siguiente manera:    Aqui sentado como mi pobre mandíbula de carnero / contemplo la ciudad en llamas / las últimas cabezas libres / que azota al amanecer: Yo / que hablo en el fondo de la fila / como el hijo maricón que no se va de casa…   son coincidentes con los cinco últimos versos del trabajo incluidos en el poema “Todas las cosas están llenas de dioses”.
  2. En numerosas partes del trabajo la palabra “muerte” aparece y es recordada de forma omnipresente y obsesiva por parte del autor o del meta-autor , una segunda mano una segunda voz que parece estar por encima a la del propio autor – quien sabe si nos referimos al genio creativo o a su reverso tenebroso Caían en el fuego las estatuas / el mercado de los nobles / eran las edades y el caballo de la muerte / galopando / raspando en el misterio / de la luz. Las alusiones a animales muertos (especialmente pájaros), son igualmente frecuentes.  También pueden apreciarse ambientes y espacios que hacen alusión indirecta a la misma; hay noche, hay silencio, hay sombras, mujeres enlutadas y tumbas Será en este lugar sin noche / inmóvil  / Pienso entonces en los bancos / en sus pasos enterrados / en el mal oído del infante que nada sabe de música / pero la adivina.
  3. El uso y el rol que ocupan los animales en el trabajo, especialmente las aves que tienen un papel destacado en la cosmovisión mapuche, es especialmente significativo. Las aves conectan de alguna manera el mundo de lo visible (del efecto), con los motivadores que subyacen detrás del mismo (de las causas), siendo algunas representantes de cambios y/o efectos benéficos, neutros o abiertamente negativos De noche sacudían la norma de los búhos/en los barcos de la muerte regresaba con mi padre  o la extraña alusión realizada en el poema “Cantos tutelares” Roja fue la cruz que cuelga de las puertas / El pájaro del sueño / cruza en mi camino / Padre nuestro  / que vienes de las sombras / y traes en tus ojos / la sal de los caballos.

Sinceramente, la poesíadel autor, se parece más al testamento o a los dictados de una sombra que relata sus experiencias mientras se retuerce entre el mundo real y el imaginario, puede que emulando a Dante. Se sirve de oscuros susurros para revelar una extraña visión a los hombres abonada de descalificaciones a lo sacro y en general a todo lo que provenga de la luz y resulte bueno, verdadero y cierto… que sea una emanación de un espíritu de luz.

Sin duda “Las Edades el Laberinto”  es el resultado del susurro de las sombras. Que lo disfruten.

 

Otras reseñas de “Las Edades del Laberinto”

https://letralia.com/210/articulo08.htm

Dejamos un interesante enlace a un imperdible trabajo descargable sobre la ciencia secreta de los mapuche:

 

Hojas de té y once chilena

Título: Hojas de té

Autor: Víctor Ilich

Editorial: Vidproducciones – Colección CALycanto

Por: David 2 Calificación: * (mejorable)

 

Te esperé de madrugada.

Hojas de té lejanas

al oriente de mi cama.

Te esperé al atardecer

cuando los ríos duermen

y las aves vagan.

En Verde Luna creemos que es importante dar a conocer autores contemporáneos, con especial interés en aquellos menores de 40 años.

Tras el pseudónimo de Víctor Ilich, se encuentra la mano de Victor Ruiz quien después de escribir otros poemarios como “Infrarrojo”, “Réquiem para un hombre vivo”,  nos presenta en esta ocasión “Hojas de té” en una cuidada edición de tan sólo 500 ejemplares. 

Sin duda lo más destacable del trabajo es su edición, su grafismo y maquetación, con abundantes y originales ilustraciones en torno al té y su potencial poética (debe tenerla).

El trabajo está estructurado en torno a cinco bloques que no son siquiera partes temáticas, estando construidas en torno a un evidente juego de palabras:

1- Te Espero 2 – Te Confieso 3- Te Cuento 4- Te Cuido 5- Te sugiero.

Escrito fundamentalmente en primera y segunda persona hay poemas a lo largo del trabajo donde se hace demasiado evidente la falta de rima, métrica, sonoridad… construcciones sin cuerpo, con una ausencia más que notable de aquella trascendencia esperable. En esencia poesía es verdad revelada que revienta al oído.. un ejemplo perfecto de ese vacío presente en la obra sería el poema / “La bolsita de té” (página 20 del poemario):

“Lo nuestro no puede seguir

es un tren descarrilado,

prometiste serme fiel

como el agua a la sed”.

Un evidente ejemplo del abuso de la figura de la repetición lo podemos encontrar en la página 33 dentro del poema “Siete usos del té, que lamentablemente, no puede saciar”.

“La paciencia de un te espero,

la luz de un te veo.

la sensatez de un te creo,

la emparía de un te comprendo,

la reciprocidad de un te ayudo,

la templanza de un te protejo

y la firmeza de un te sostengo”.

Si bien aunque la temática del libro resulte sugerente (insuficientemente aprovechada desde nuestro punto de vista), el nivel del trabajo que podemos encontrar dentro del mismo parece no estar a la misma altura, resultando abiertamente pobre.  Una de las carencias más notables es la falta de uso de la figura retórica).  La repetición es una de las que sí está presente a lo largo del trabajo, quizás en demasía. Lo dicho, mejorable.

Que lo disfruten.

 

  • Este poemario formó parte de un proyecto universitario de edición cuyo detalle se presenta a continuación:

https://www.behance.net/gallery/12820321/Hojas-de-t-poemario   –  (licencia creative commons)

  • Para conocer más sobre el autor:

http://finisterrae.cl/noticias-y-redes-sociales/noticias-finis/item/victor-ilich-juez-y-poeta-la-poesia-me-ha-sensibilizado-frente-a-la-cronica-diaria-de-la-miseria

 

Castilla vista con ojos tropicales: Respuestas de la tierra, de Ronald Campos.

Título: Respuestas de la tierra.

Autor: Ronald Campos.

Editorial: Juglar.

**Interesante

Por José Carlos Rodrigo

 

 Cuando la poeta Montserrat Doucet le envió a un Miguel Delibes, ya enfermo y retirado de la literatura, su poemario Paisajes hacia lo hondo, el escritor vallisoletano le respondió con una carta en la que afirmaba, con una sentencia no exenta de nostalgia, pero también con algo de rabia: “Otro libro de Castilla. La arruinada Castilla madre de pueblos”.

            En efecto, una Castilla desolada, áspera y dura, tal y como habitualmente la han visto los poetas, desde Machado a Juan Ramón Jiménez, pasando por Unamuno y Claudio Rodríguez. Y Delibes no era ajeno a que en el poemario de Montserrat Doucet esta visión tensa, de una tierra incómoda y cuarteada, continuaba con la tradición.

            Ronald Campos, en su poemario Respuestas de la tierra, también se ha ubicado sobre las tierras castellanas para mostrarnos su mirada poética. En ese sentido, abraza toda la cosmovisión lírica anterior, pero, de repente, la Castilla que aparece tras el tamiz de sus versos es una región bien distinta a lo poetizado hasta ahora: porque Ronald Campos observa Castilla con ojos tropicales.

            La Castilla como región poética, amasada por Ronald Campos en Respuestas de la tierra, es una tierra repleta de sorpresas que se le revela como una extraña amalgama de piedra y naturaleza desbocada. La hibridación entre el trópico y la meseta queda establecida ya en uno de los primeros poemas del libro, Castilla y León, en donde se produce un primer e inmediato reconocimiento del poeta con el paisaje, gracias a una lengua común (aquí el llamado “yo poético” pertenece al del autor, dado que enfoca este poemario como un poemario de viajes y las vivencias desgajadas de los mismos). Un lenguaje similar, el que se habla allá y acá, lenguaje castellano que establece un puente de reconocimiento y, gracias a él, el poeta puede definirse: “Tu lengua con que me mantengo//reptil//con antaños presentimientos”. El poeta asume su cualidad tropical en la figura del reptil, identificado con alguna de las 255 especies de reptiles que habitan Costa Rica y que tienen su espejo en nuestras pizpiretas lagartijas que descansan sobre las paredes rurales, empachadas del sol inclemente.

            De esta forma, y tal y como argumenta Montserrat Doucet en su espléndido prólogo al poemario, se produce una invasión de animales tropicales que, invocados por la mirada poética, poblarán el espacio castellano. Así, el acueducto segoviano se metamorfosea en iguana de piedra: “Esta iguana de piedra//sacude sus escamas alborales//Empuja a lengüetazos//coches a mis umbrales” (en Spleen segoviano). Tal es la riqueza y originalidad de estas imágenes, que el poeta puede sentirse transido en ocelote por la contemplación de la catedral de Valladolid en el poema Catedral, sus huesos se inflan “como boas” en El otoño, salpicando las composiciones con lagartijas, cigüeñas, “panteras de viento”, un “jabalí de frío”, el “águila-tigre de claridades” o una “videollamada con búfalos en la garganta” (en De repente, Valladolid).

            Después, aparece el motivo de la piedra. De esa piedra reptiliana sobre la que se calienta la iguana, esa piedra que forma parte del paisaje castellano como el bosque lluvioso lo es de Costa Rica. Para Ronald Campos la piedra está viva, ya sea formando parte de los frontales y portones de las catedrales, ya sea en una conexión cósmica percibida en el desfiladero de la Yecla, en Burgos, o en las torres del horizonte de Monte El Viejo, en Palencia. La piedra transporta un código en su interior, un mensaje que es como una carga de ADN; la piedra, los sillares, emanan una sustancia en la que el poeta reconoce el paso del tiempo, la permanencia eterna e inmóvil en ese devenir, y se proyecta en ellas como un viajero atemporal, cuántico. Lo que ha sucedido delante de la piedra continúa ocurriendo, y ocurrirá siempre.

            Estas piedras castellanas conforman una vegetación viva y característica de la región, como en Costa Rica lo es la vegetación exuberante. Se produce una simbiosis entre la materia tropical del poeta y el ecosistema castellano. Así, el otoño es “un quetzal de cuero atrapado entre los árboles//¡Alpaca de lluvias trastabillando,//con náuseas de planicies//sobre los campos de Castilla!//El otoño…”. El ave trepadora, el camélido, colocados por ensalmo lírico en el corazón del otoño castellano.

            Es Respuestas de la tierra un poemario ambiental, un ejercicio de versificación que busca atrapar la luz, la quietud trágica y monumental de los espacios castellanos: “Bordear la catedral//es entregarle devotamente un rostro al mediodía”, afirma en Spleen segoviano, para comprender que la presencia de lo sagrado en las piedras causa un impacto en el alma que “es terminar por colocarle//a la tarde una silla,//y paralizarla ahí, con un clavo oliendo a escaleras”.

            El poemario, en su segunda parte, amplía el viaje al resto de España —Valencia, Granada, Barcelona, Madrid, Sevilla, Córdoba…—, para, en la tercera, expandirse con un recorrido por Europa —Berlín, Ámsterdam, París, Venecia, Atenas, Budapest, Praga…—, ciudades y experiencias poéticas siempre repletas de una espiritualidad que emana de la fuente de la Historia, una Historia cosida a golpes de sangre y pasiones.

            Ronald Campos busca en Respuestas de la tierra establecer un diálogo con el tiempo y con la Historia, con esos códigos que se ocultan en los materiales que conforman los monumentos y así, tal vez, poder desvelar algunos de los misterios que guarda el espacio y el tiempo, porque “todo —guirnaldas, gárgola, rosetón y agujas—//pretende —lo mismo que en la piedra en la literatura—//vaciar el vacío y el terrible misterio de las cosas”.

            Desvelar “el terrible misterio de las cosas”… ¿Acaso no es esa la primigenia labor de la poesía?

DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.

Autor: Heberto de Sysmo.

Editorial: Lastura

**Interesante

            Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.

            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.

            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).

            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.

            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.

            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.

            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.

            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.

            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.

            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal.

Don Quijote en la autopista

Título: Pálpitos del tren que no vuelve

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio

** Interesante

Por: José Carlos Rodrigo Breto

Pálpitos del tren que no vuelve

Tiene la poesía de Maximiano Revilla algo de quijotesco, un empeño en mostrar las miserias humanas y de la sociedad que nos rodea desde un discurso reflexivo, elaborado con una voz poética que se busca a sí misma, y que señala todos los sinsentidos con los que la modernidad nos atenaza. Por ello recuerda, a veces, al Don Quijote de los discursos de las Armas y las Letras o de la Edad de Oro. Es este poeta quijotesco un loco-cuerdo que todo lo contempla desde su atalaya de observador cotidiano, que convierte sus reflexiones en poemas, y cuyas demoledoras conclusiones han cristalizado en el volumen Pálpitos del tren que no vuelve.

Un poemario extraño en su hibridismo, repleto de prosa poética, condimentado con aforismos (a los 40 poemas hay que sumar un texto largo y un grupo de 42 aforismos), que obligan al lector a pensar los motivos por los que se le ha congelado la sonrisa con cierto amargor en la boca cuando ha finalizado la lectura: Maximiano ha realizado una radiografía de la sociedad y de la actualidad repleta de una belleza hiriente, recurriendo a poetizar, de una forma demoledora, los sucesos y actos cotidianos de cada día. Así, el verso que aparece ya en el primer poema del libro, “hay también hipotecas que lo complican todo”, nos acerca esa realidad habitual como materia lírica y que el autor maleará desde su original punto de vista.

Un rápido vistazo a las isotopías que modulan el texto nos arroja una serie de palabras que no sólo definen esta denuncia de la ultra modernidad como materia poética, sino que imbrican el discurso en un ámbito urbano: “la hipoteca”, “trabajar y pagar”, “la familia, el perro y el gato”, “la anorexia”, “despertarse justo a las siete”, “el barrendero”, “el transporte público”, “las paradas de autobús”, “las oficinas”, “el sex-shop”, “los hospitales”, “el supermercado”…

Maximiano, como Don Quijote, se ha convertido en un poeta de lo social y de lo cotidiano que pasa por el peculiarísimo tamiz de su escritura la realidad que contempla. El resultado es una crítica ácida y desengañada que necesita de una reacción en el lector. “Puedo sentir/ tu respiración cuando lees”, se atreve a manifestar, seguro de que con sus versos no sólo mueve a la belleza, sino que ahonda más allá, consiguiendo epatar al espectador con sus contundentes construcciones líricas. El compendio de reflexiones que son estos poemas es una cosecha de interpretaciones cazadas a vuela pluma en lugares tan prosaicos como un atasco en la autopista, la cola del supermercado, una parada de autobús o la ducha.

Este casi inabarcable trabajo de lirismo confesional constituye un todo poético como una especie de teoría de la vida, al estilo de un George Perec actualizado, que culmina, sin duda, en la colección de aforismos al final del libro y en donde queda muy claro que a pesar de la amargura que gotea entre las ideas y los textos, “la esperanza en el viento es el viaje de casi todas las soluciones”. Maximiano dylaniano y cercano a las greguerías, como cuando afirma que “la seda del gusano es un mundo con bermudas”.

Es Pálpitos del tren que no vuelve un ejercicio de originalidad desbocada, repleto de sorprendentes hallazgos que conforman una serie de poemas urbanitas aptos para cualquier momento. Como asegura Maximiano Revilla, “todo poema que se lea en la sala de un dentista, es un buen poema”, y semejante función parece ser la de este poemario: la de ser trasladado en un bolsillo de la chaqueta y vagabundeado por la ciudad que lo inspira, un libro al que podemos recurrir cuando los sinsentidos de la realidad nos dejen perplejos, pero cuidado, porque otra de las singularidades de este poemario se encuentra en este verso: “busca en el verso:/ las preguntas a las respuestas”.

Somos nosotros quienes, con nuestra propia respiración poética, debemos descubrir qué enigmas nos está desvelando Maximiano Revilla, ocultos bajo un colorido festival lírico de formas asombrosas.

Poesía que se desliza por el borde de la luz

Título: Serie Malevich

Autor: Montserrat Doucet

Editorial: Doce Calles

Por: José Carlos Rodrigo ** (Interesante)

Seríe Malievich_Montserrat Doucet

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a la exposición de la Serie Malevich del pintor constructivista Julián Casado. La muestra se celebró en Aranjuez, su ciudad natal y, junto a la exposición, se organizaron unas jornadas paralelas de conferencias y actividades promovidas por un grupo de mujeres que se han empeñado en que la obra de este notable artista no caiga en el olvido, que no se pierda o que abandone Aranjuez. Entre ellas, destaca la poeta Montserrat Doucet, que ha puesto uno de los mayores esfuerzos para promocionar a Julián Casado. Mi visita, que pude realizar en paralelo con lecturas de los poemas de Doucet realizados para ilustrar la Serie Malevich, me alertó de que todavía no había reseñado un poemario tan bello como exigente, y que ya era momento de saldar esa deuda.

Montserrat Doucet llevó a cabo, en 2013 y en la Editorial Doce Calles, su propia Serie Malevich poética, plasmada en un libro artesanal tan gozoso como bello (montado a mano por la propia autora y con una tirada limitada a 150 ejemplares firmados por ella). Una joya literaria de una rareza magnética en donde cada fotografía de cada cuadro va acompañada de un poema. Un esfuerzo descomunal que cristaliza en una poesía fría, arquitectónica, de versos trazados con tiralíneas y atmósfera luminiscente.

Era un gran desafío. Y tuve el privilegio de poder asistir en primera línea al proceso creativo y compositivo de estos veintiún poemas que acompañan a otros tantos cuadros seleccionados de entre la serie de 42 piezas del pintor de Aranjuez. Partiendo de una de las premisas fundamentales que emanan de las pinturas:

“Solo un instante

para abrir y cerrar

todo el espacio”

Montserrat destila su trabajo poético tomando de la mano las líneas fundamentales del pintor: luz, geometría y espacialidad:

“El verdadero espacio

Nace del corazón vertical de la luz”

La obra de Casado se plantea en estos breves poemas como una batalla entre la oscuridad, que rellena todos los recovecos, y la luz que pugna por taparlos en una catarata de destellos:

“Lo oscuro, tal vez,

emerge de la luz,

no del espacio”

De esta confrontación nacen los cuadros que componen la Serie Malevich, y de esta crisis brotan, producto de una gran tensión por describir poéticamente, los versos de Montserrat en un ejercicio de desnudez lírica que cede todo el protagonismo a las extrañas sensaciones que transmiten las pinturas. De ahí el esfuerzo de la poeta por construir el artefacto poético desprovisto de las mayores metáforas posibles, casi sin imágenes, para que resulte un poemario directo y cerebral, pero eficaz, porque apunta directamente a la gélida impresión que los cuadros causan en el espectador. Un impacto que es producto de un tour de force entre las líneas y la gradación de la paleta de colores, un tour de force que se traslada a la poesía, en un combate entre la ausencia de imágenes elegida para acoplar la palabra y los breves poemas que se conciben como un todo, como una emanación mental que vuelca las telas en las páginas.

Expo_Seríe Malievich_1

Esta batalla campal entre la forma pictórica y la forma poética lleva la sinestesia hasta un nivel hipnótico, un embrujo desasosegante que se significa en el libro de Montserrat Doucet. La autora combate con los versos, con las pinturas, y consigue burlar con éxito lo que denomina como las “inaccesibles trampas de luz”.

Ahora, lo realmente urgente es que Aranjuez encuentre un lugar para la exposición permanente de una obra fundamental como la Serie Malevich de Casado, que los oídos de quienes puedan hacer esto posible se muestren receptivos y, tal vez, embrujados por el poemario de Doucet que, como el pintor, ha querido “ser ya el espacio”.

Y es un deslumbrante espacio poético.

Seríe Malievich_2

Nota: Este post fue originalmente publicado en el blog: http://laficciongramatical.blogspot.cl/2016/11/serie-malevich-montserrat-doucet.html, por el propio autor el cual ha accedido a publicarlo en Verde Luna.

Verde Luna no se hace en ningún caso responsable de la opinión ni de los contenidos publicados por los autores limitándonos a llevar una revisión y validación de la adecuación de los mismos con la línea editorial y espíritu de un blog de creación y pensamiento poético.

 

 

Poemas vagos, poemas quiltros v 1.0

Título: Ciudad Quiltra

Autor: Magda Sepúlveda Eriz

Editorial: Cuarto Propio

Por: David 2 Calificación: *** (obra de referencia)

Portada

¿Alguién soñó lavar el Mapocho? […]
pensad qué cosa maravillosa sería
si esa agua fuese transparente
Nuestra ciudad tendría en ella su mejor espejo
Mi cuerpo no estaría mutilado
y acaso mi muerte
me sorprendería con los brazos abiertos (Brito 76)
“Ciudad Quiltra / Paseos Peatonales y Baldíos: La dictadura (1973-1989)/ 2. La ciudad a los pies de la Virgen del Cerro. Eugenia Brito

“Ciudad Quiltra” es desde hace ya unos años una obra de referencia para entender el panorama actual de la poesía y chilena y su evolución a través de los últimos 43 años, inicíandose el análisis del mismo en el año del gran punto de inflexión chileno: 1973.

El trabajo mezcla el más puro estilo de ensayo con la inclusión constante de citas procedentes de los propios poetas que complementan el completo, complejo y límpio análisis de la autora en torno a su obra y significado.  El trabajo está construido en torno a tres ejes fundamentales con su correspondiente desglose en capítulos (no se incluyen los subcapítulos):

  • Paseos Peatolanes y baldíos: La dictadura (1973-1989).
    • La ciudad higiéninca: La neovanguardia de los 70.
    • Baldíos en Concepción: El trágico esplendor de los 80.
    • Cerros y paseos de Santiago: Las poetas y la ciudad dictatorial.
  • Poblaciones y hospederías: La transición (1990-2000).
    •  La derrota de los pobladores: Poetas del 60 al 2000.
    •  Hospederías y naufragios: Poetas de los 90.
    • No son dos países, son dos historias: Poetas del Exilio
  • Mapubres y discotecas: El último Periodo de la Concertación (2001-2010).
    •  La palabra chileno nada puede expresar: Poesía mapuche.
    •  En la disco: poetas del 2000.
    • Las yeguas pastan, patean felices: Tres generaciones de poetas chilenas contemporáneas ante la ciudad (1990-2010).

Recomendamos la lectura de este trabajo en paralelo con el trabajo “La revolución capitalista de Chile 1973-2003” de Manuel Gárate Chateau de Ediciones Universidad Alberto Hurtado, el cual se dispone en una estructura que casi en paralelo con la de Ciudad Quiltra nos ayudará a entrar en mayores profundidades respecto del modelo de desarrollo socioeconómico  que tanto ha influido en la cultura chilena de la época correspondiente y en especial en el de la poesía del país andino.

El término quiltro significa “que no es de ninguna raza, mezcla de dos o más razas” y también “despreciable”, y el título hace referencia sin duda a esa mezcla de razas que esta en el mismo origen de la ciudad de Santiago.

Los quiltros sueñan que le crecen alas.

La poesía es el reflejo de la sociedad, del tiempo en que vive o sufre la sociedad que da cabida a la referida expresión. La poesía se transforma en un grito de libertad, de dolor por la tortura del amigo y de uno mismo, en recordatorio de la mezcla y del desprecio en que viven sumidos algunos colectivos de la sociedad chilena, en los resultados de la famosa doctrina del electroshock.

Resulta indudable que para una lectura del texto se recomienda tener cierto nivel cultural, puede que adolezca de estar estructurado con un enfoque púramente academicista y que en muchos casos su lectura no resulte ni amena ni sencilla pero su interés recaba en la profundidad que emana de su análisis, analogias y en lo generosamente documentado que está el trabajo en su excelente factura. Adicionalmente resulta interesante observar como se realiza un interesante nexo en el trabajo consistente en la articulación, en la creación de un puente con un lenguaje propio entre poesía, sociología y casi podriamos decir que psicoanálisis de toda una generación.

La autora avanza en su tésis realizandose constantes y pertinentes preguntas que despejan su camino y que nos muestran acaso el verdadero fin perseguido; el mostrarnos como la poesía puede convertirse en fuerza de reacción frente a un nuevo sistema, frente a un nuevo experimento social, frente a la lobotomía y la pesadilla de aquellos días grises.

Os dejamos un par de enlaces por si estaís interesados en esta obra de referencia en la poesía chilena de neovanguardia, postmoderna y contemporánea:

http://www.cuartopropio.cl/index.php/catalogo/ensayo-humanidades/literatura/item/743-ciudad-quiltra-poesia-chilena-1973-2013

http://www.amazon.com/Ciudad-quiltra-chilena-1973-2013-Spanish-ebook/dp/B00KFKTQ8M