Tourette en los no-lugares o el poeta que desayuna versos

Título: Un cuántico aleteo en la boca

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio

Calificación: ** (Interesante)

Por Jose Carlos Rodrigo

 

Portada “Un cuántico aleteo en la boca”. Maximiliano Revilla.

Maximiano Revilla es uno de los poetas más sorprendentes que he conocido. Y una de sus principales virtudes radica en que el asombro de su poesía aumenta con cada libro que publica. En Un cuántico aleteo en la boca despliega, de nuevo, esos poemas que son como retazos de vida, jirones de existencia, momentos congelados de lirismo. Escenas cotidianas que pueden presenciarse en las calles de la ciudad, en el transporte público, en la televisión, todas ellas poetizadas: esa sería la idea subyacente del poemario.

La poesía de Maximiano Revilla ha tomado una interesante deriva hacia lo social. Es como si hubiera encontrado un traje cómodo para sus versos cuando se remangan y se ponen a trabajar denunciando la tristeza habitual que nos atonta. De esta forma, nace en el poeta una necesidad casi obsesiva de nombrar aquellos elementos que vertebran la cotidianeidad venenosa, dejando en sus composiciones un rosario de marcas comerciales, de lugares que son no-lugares, por donde transita nuestra maldita rutina.

El filósofo francés Marc Auge puso en marcha la teoría de los no-lugares, para designar esos sitios en donde estamos de paso y que acrecientan la incomunicación. No-lugares son los aeropuertos o las habitaciones de hotel, y en cierto modo alguno de los lugares favoritos de Maximiano Revilla a la hora de poetizar: los vagones de metro, el autobús, y las marquesinas de las paradas en donde mientras esperamos podemos ver el interminable desfile de la vida amortajada.

Cotidianidad, no-lugares y trasporte público, junto con un afán incontrolable por nombrar, hacen de este poemario un ejercicio de poesía-tourette tan fascinante como incisivo, porque perfora y tritura el corazón, y deja un sabor amargo al final de la lectura.

El primer verso del primer poema, ya hace que se tambalee el mundo del lector ante lo que podemos inferir detrás de este tremebundo ataque: “Contra la corrupción: esto es la vida”. Y, lógicamente, lo que es la vida para el poeta es la poesía. Y las escenas que van a desfilar por sus poemas son el armamento para combatir esa corrupción que es la podredumbre del dia a día que nos carcome, preñado de lugares comunes, figuras de repetición, aburrimientos y obviedades. El libro se desgrana en fractales de tiempo. Comienza a la una, y dentro de ese poema aparecen otros poemas titulados A la una, como fragmentos que conforman un todo. Después, llega A la una y uno, compuesto de otras pequeñas partes, y así, hasta el último poema del libro: A la una y veintinueve.

Estamos ante una poesía de fractales, una poesía cuántica concebida como una forma de capturar en esos instantes que transcurren ante nosotros, en el vagón de metro o la parada del bus, los diferentes mundos paralelos que conviven juntos a modo de palimpsesto. Y en este poema fundacional ya se aprecia el rastro de lo social en:

Efímero igual que las hojas de los diarios escritos

con la historia de una esquina emigrante”.

Para después, terminar el poema con el primer ejemplo de esa intrusión de la vida cotidiana tecnológica, que se nos apodera del día a día: “Selfies a la mañana”. Desde aquí, en la siguiente porción de poema, aparece ya el despertador y la oficina. Es el momento de fijarnos en algunas de las isotopías del texto y determinar que palabras lo articulan. Encontramos referencias al mundo laboral —además del despertador y la oficina, las lámparas lead, los trajes, las corbatas, los táper donde se lleva el almuerzo—, a las transiciones de lo cotidiano —maquillaje, conversaciones, anuncios, las bolsas de plástico de los supermercados, tampones, preservativos—, a la situación social —el hambre, los emigrantes, un tren de refugiados, el reciclaje, la compra-venta —, y a la vida en los no-lugares como el supermercado, el autobús, el metro, las paradas de los autobuses las calles, los pasos de cebra frente a los semáforos, las butacas de los cines…

Todo ello, junto a una preocupante interpretación del tiempo, un tiempo que es inasible, que se escurre por entre los versos, dado que el poemario alberga una profunda intención de retorno a la infancia. El poeta ha encontrado una estructura cuántica que le permite cohabitar en diferentes mundos a la vez; lamentablemente, son los mundos del ahora. Versifica todo aquello que le sucede a su alrededor, simultáneamente, pero sin posibilidad de acceso al pasado o al futuro, por mucho que la poesía pueda aproximar algún recuerdo que, simplemente, es un mero y decepcionante sucedáneo de la vida.

Por ello, tiene que ser nombrando las cosas, la forma en que puede convocar los recuerdos. Maximiano entabla un descomunal combate que tiene mucho de quijotesco (no en vano ya me referí en la crítica de otro libro suyo, aparecida aquí en Verde Luna, al aspecto quijotesco de su poesía), y en donde los poemas golpean al pasado con la terrible actualidad:

Contra todo pronóstico, entre tantas ofertas

nos amamos en un hostal del centro,

huyendo de la lluvia y de tus padres.

Cuarenta años después de criar a nuestros hijos,

te presento a las nuevas rebeliones:

pan sin corteza en su bolsa de plástico”.

Maximiano Revilla traza una poética urbana en este poemario, donde las barras de los cafés, los madrugones para acudir al trabajo, los gimnasios y las perfumerías, las farmacias y los estancos, forman parte del esqueleto de la ciudad que nos alberga, por la que nos movemos como zombis y en donde no somos ya capaces de percibir lo que nos rodea. La ciudad, como el mayor de los no-lugares posibles. La ciudad es una isla. El lugar de mayúsculo aislamiento en donde serpentea el Gran Commuter, el poeta de los transportes públicos, las tristezas colectivas y los versos de desayuno con churros o pincho de tortilla. Y todo ello posee un lirismo desbocado en los ojos, y en el corazón, de Maximiano Revilla.

Ciertos retales del pasado, de una era pre-tecnológica, parecen asociarse al espíritu puro de la poesía: “Adiós tienda del barrio, constelación del poeta”, se nos dice en un verso amargo que lamenta esta pérdida de la capacidad de sorpresa, aniquilada por tuits, selfies, comida basura y anuncios que prometen la felicidad. En medio de todo esto, vivimos en una soledad profunda y tediosa.

Todo se retransmite en diferido para poder cortar si fuese necesario”, es este verso el cogollo central del poemario. El alfa y el omega de todos los problemas: programados, supervisados en el día a día, dominados por biempensantes y buenistas que dictan lo políticamente correcto, disponen con absurda autoridad aquello de lo que debemos hablar a voces y aquello de lo que tenemos que cuchichear a escondidas, y que marcan las lindes de unas vidas cotidianas que, obligatoriamente, deben discurrir ocupadas por mujer, perro y niño

Ser poeta significa realizar la elección más políticamente incorrecta que se pueda hacer. Porque ser poeta, obligatoriamente, lleva a preguntarse acerca de las cosas, a no admitirlas como son o como ellos quieren que sean, y eso resulta incómodo para el pensamiento único que pretende regirnos dentro del buenismo-light y la corrección de pastel.

Quizás, por todo ello, el poema A la una y veintinueve, que cierra el libro, presenta una conversación del poeta con una dama que muy bien pudiera ser la Vida, en una especie de entrevista de trabajo, ese mal que gobierna estos tiempos, y de la que solo queda un regusto amargo porque, la Vida, no parece estar dispuesta a contratarnos.

De esta forma, Maximiano Revilla ha intentado resolver un misterio: el cuántico aleteo en la boca es el movimiento de la lengua y de los labios al articular un nombre —recordamos el principio de la Lolita de Nabokov…, no podía ser de otra manera—. ¿Pero cuál es este nombre que pronunciamos como un ensalmo y que nos guarece de los insultos de esa vida que no nos quiere? Se trata del nombre de la persona amada, del nombre de un libro, de un escritor, del nombre de cualquier cosa que pueda hacernos la existencia más llevadera; nombres que pronunciamos como corazas, que nos blindan ante la hostilidad cotidiana y nos protegen del horror de los telediarios, del espanto de la cola de la panadería, de la soledad de las butacas del cine, de la agresión del café de máquina en la agria pausa de la media mañana.

Personas amadas, libros, sueños, ideales…, al final, todos estamos articulando el mismo nombre con el mismo aleteo cuántico: es la poesía. Nuestra poesía de batalla, personal, intransferible, esa que consigue que nos sobrepongamos, la que nos proporciona fuerzas para afrontar el día a día y poder escapar de la pavorosa soledad de los no-lugares.

O de un único y descomunal no-lugar: nuestra propia vida.

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Buenos días, poeta

Título: Buenas noches, buenos días

Autor: Pedro Montealegre

Editorial: Libros del Pez Espiral

Calificación: ** Interesante

Por: David Blanco

Buenos días, poetas en sepia, poetas en blanco y negro, poetas in blue: el domingo se tuerce como una anguila, quisiera comer caramelos de frambuesa, que todo me indigeste, que todo me indigeste, que poetas amigos y amigas hagan fiesta….

 

 

Pedro Montealegre (Santiago, 1975-2015),  publicó Santos subrogantes (Ediciones de la Universidad Austral de Chile, 1998), La palabra rabia (Editorial Denes, Valencia, 2005), El hijo de todos (Ediciones del 4 de Agosto, Logroño, 2006), Transversal (El billar de Lucrecia, México D. F., 2007), Animal escaso (Ediciones Idea, Las Palmas de Gran Canaria, 2010) y La pobre prosa humana (Ediciones Amargord, Madrid, 2010). Integra diversas antologías hispanoamericanas y su material inédito incluye, entre otros títulos, Retrocometa (Garceta Ediciones Pyrautass, 2015), Flores de Ulmo y Buenas noches, buenos días (Pez Espiral, 2015), obra póstuma del autor, que nos ocupa en la presente crítica. 

La gens de este interesante libro,  son post o publicaciones subidas en el muro de facebook del autor. A partir de ahí hay todo un excelente trabajo editorial de Libro del Pez Espiral que, realizando una notable labor de alquimista literario, ha conseguido dotar de alma propia, de cuerpo literario a un trabajo ya de por sí interesante. La portada del libro (depende del ejemplar), está representada por un arcano del tarot de Marsella; el Sol o la Luna. Esto está puesto directamente en relación con el enfoque del texto que se abre de forma alternada en cada poema del trabajo con un “buenos días” y / o “buenas noches” sobre fondo blanco y negro, respectivamente.

El trabajo es un interesante recorrido más que por estados mentales del autor, por estados del alma que mutan entre el día y la noche. Está planteado en torno a una conversación o más bien ante el inicio de una conversación que fluye desde el autor hacia el basto espacio de la red social, de Internet.  Los destinatarios principales de sus mensajes enviados por el autor al insondable espacio de la red social (para poder hablar de conversación realmente deberíamos poder analizar las respuestas o reacciones a los mismos), parecen ser los poetas, el amor, los poetas críticos (estos parecen ser una clase especial), aquellos que no son opacos aquellos poetas que son matutinos, aquellos que son pacientes y/o legítimos, aquellos que son parientes de la amatista… hasta llegar a saludar a nadie y a aquellos que tienen hasta tendencias suicidas (esta mención resulta especialmente significativa). El lenguaje empleado por el autor es claro y directo y no está desprovisto de cierto componente de crítica y de autocrítica hacia el oficio:

¿Ustedes beben té o caflé? ¿O beben ambas con un cirro de leche? No les conozco pero admito vuestra malicia, vuestra sinceridad. ¿Tienen hijos o hijas? ¿Besan a la noche a un compañero o compañera? Me gustaría ser, como ustedes, valiente y combativo, pero solo escribo, y no sé si sea algo importante.  

A título personal hay partes del texto de Pedro Montealegre que me recuerdan a uno de mis poemas favoritos (Elegía didáctica), del autor brasileño Lêdo Ivo:

Piensa en los muertos, sobre todo en los soldados desconocidos que se quedaron en cementerios ilocalizables, y piensa en los vivos que ignoran los cementerios donde reposarán un día. Oh, piensa en todo, en los horizontes tranquilos de tus días de entonces, en el escalofrío que te recorre al caer la noche en latitudes extranjeras. Piensa en tu infancia transformada en fábula, vientos y frutales estallando al sol y en los senos de las mujeres que fueron envejeciendo sin darse cuenta, y piensa también en las formas de esas mujeres, destruidas implacablemente sin que tu mirada las solicite. 

Ambos escritos en segunda persona, ambos hermosos y no desprovistos de una inusitada profundidad.

El hecho de incluir cartas del Tarot de Marsella creo que resulta altamente simbólico habida cuenta de la muerte no natural del autor. Todo el texto en su conjunto parece como un gran epitafio vital, un epitafio imposible que hubo de ser comunicado en vida pero no transformado en libro, mutado su estado original, hasta después de la muerte (al menos física), del autor. La inmortalidad ya está conseguida, en sus palabras, en las emociones resilientes que no abandonan a quien lo lee.

 

Oh poetas, que pacientemente me han leído, ante la lata, ante la verborrea, ante la lata, ante la verborrea y la verbigracia; desaparecen mis saludos por ahora.

 

Buenos días, poeta. El fin no fue más que el principio.

Que lo disfruten.

 

Otras críticas / reseñas de este trabajo:

http://www.revistalecturas.cl/pedro-montealegre-buenas-noches-buenos-dias-retrocometa/

https://www.poemas-del-alma.com/blog/resenas/buenas-noches-buenos-dias

http://www.revistaintemperie.cl/2016/01/04/poesia-2015-los-libros-recomendados/

 

Editorial Libros del Pez Espiral:

https://www.librosdelpezespiral.cl/​


 

Oculta poética del útero etéreo – Parte II: Ophelia – De Erika Rodríguez

Por: Montserrat Doucet

Revisado por: David Blanco

Hay poetas que fascinan, tal vez porque en ellos encontramos resonancias de lo que antaño nos introdujo en las misteriosas salas de la palabra y poetas que nos siguen fascinando años después porque encontramos en su obra una serie de concomitancias de misterios revelados, una especie de iniciación compartida que raya en lo sacro y que se suma a la fascinación que sentimos cuando leímos por primera vez sus versos. Es por eso que quiero rescatar la preciosa palabra denostada, olvidada, sustituida, de poetisa para referirme a Erika Rodríguez.

Ophelia, ópera prima de esta poetisa peruana, es un poemario de gran originalidad: intenso, breve, bello.

Del poemario de Erika Rodríguez me fascinó la noche, motivo al que los poetas han recurrido constantemente y a la que San Juan de la Cruz otorgó místico protagonismo. Un poemario que Arturo Corcuera destaca por “la pulcritud de su poesía y su propensión interior por internarse en la sombra, en lo lúgubre, en los pliegues más enigmáticos de la noche…”

La noche en Ophelia adquiere un sesgo inaudito pese a recoger en cada una de sus acepciones ecos de otras voces que lejos de restarle originalidad le dan intensidad y nos redescubre lo que significa ser poeta, tener esa capacidad de crear, de levantar mundos posibles mediante las palabras, esas palabras que en alguno de sus significados también sirven a otros para edificar sus sueños. Para Erika, la noche es “la dama perpetua / de fúnebres encajes de sombra”, “un conjuro exquisito” y llega “como una estación monacal” o “como un óleo estridente de sombras”; en la noche es “donde ahogamos todas las llamadas”.

En San Juan de la Cruz la noche era guía de los amantes que ansiaban su unión y era también un espacio, un vacío susceptible de ser llenado, donde la unión entre la amada-alma y amado-Dios era posible. En el poemario de Erika la noche, ese “escenario delineado y vacío” es la bella que “en nombre de Ophelia / te espera” y es el espacio donde la realidad más dolorosa se manifiesta bajo la bella forma de lo mítico- erótico: es en la noche cuando “un fauno se aproxima”, “Es un fauno que llega pálido / infiel y sereno”.

Después de unos años y tras la relectura de este poemario me siguen fascinando sus versos. Leo en Ophelia:

“E s T r E m E c I d A

detrás de las cortinas de la noche

una sombra se esconde.

Detrás de las cortinas

el cadáver de la mañana.”

E inevitablemente resuenan en mi mente los estremecidos versos de otra poetisa admirada, antigua, japonesa, que acompaña mi verano en los bosques: son los versos de Akiko Yosano, también estremecidos de pasión:

“Murmullos amorosos

tras la cortina de la noche

constelada de estrellas;

lejos del mundo y de la gente

me arreglo el pelo desordenado.”

Akiko revolucionó la poesía de su tiempo con su Midaregami (pelo revuelto), Ophelia es “un libro insólito dentro de la poesía reciente del Perú en el siglo XXI” argumenta Marco Martos en su prólogo.

Akiko supo recrear hace un siglo el profundo misterio de la mujer que flota en el agua con su larga cabellera suelta: “aunque suelto en el agua/ mi largo pelo de cinco shakus,/ mis sentimientos de mujer/ permanecen secretos/ retenidos.”    Erika nos canta:

“La bella es la noche

y en nombre de Ophelia te espera

con el rostro pálido y oculto

con el cabello desordenado

con peinetas de bronce

te espera.”

“Qué difícil es distinguir entre la noche / y una mujer ahogada hace tiempo en un estanque.” Epitafio de Xavier Abril al comienzo de este poemario. Qué difícil matizar la fascinación que nos produce una mujer que se arregla el pelo revuelto tras el amor en el espejo, junto a las cortinas que la preservan de la noche y la fascinación que nos produce una mujer flotando con sus cabellos revueltos en el espejo-estanque que sostiene su bella imagen. Porque para Erika la noche es líquida, está “alumbrada de peces” y es también el mar, el agua, y por extensión el agua que fue sepulcro para Ophelia de Shakespeare y donde ahora “en versos se hunde un barco” pero también “tu voz de océano” y “mi olor a mar”; “el suave espejismo / que trae la marea / a media noche”. ¿Se pueden encontrar más registros sobre el agua y la noche? Tal vez sí pero no tan sugerentes como se nos ofrecen en este libro que comienza con el poema “Ophelia” y concluye con el poema “Epitafio”, el poema a la tumba líquida de una muchacha que fluye a lo largo del tiempo sosteniendo el misterio del eros y de su silente belleza, detenida sobre las aguas.

Montserrat Doucet

En Tabanera de Valdavia a 11 de agosto de 2017

***

Nota del autor:

En las diferentes entregas de “Oculta poética del útero etéreo”, exploraremos las vertientes de la poesía femenina desde múltiples ángulos, revisaremos los principales trabajos, descubriremos poetas todavía cubiertas por el peso de la historia y del desinterés e intentaremos desgranar el porqué se trata de un valor en alza que irá (sin duda), recuperando el terreno prohibído en los últimos años para poder acabar ocupando el lugar que merece en el ámbito literario.

El presente trabajo forma parte de una serie de reseñas o reflexiones personales de nuestra nueva colaboradora Montserrat Doucet,  sobre poemarios que la han impactado. Se trata de poetisas americanas actuales que nuestra nueva colaboradora,  tuvo la oportunidad de conocer.

 

 

 

 

Lázaro poeta se sube al andamio: Poesía en Obras, de Emilio J. Ocampos

Título: Poesía en obras.

Autor: Emilio J. Ocampos.

Editorial: Lastura

 **Interesante

Son la seis en punto de la mañana y el poeta se despierta para acudir a su trabajo en la obra. Así arranca el libro Poesía en obras, de Emilio J. Ocampos, que nos trae la editorial Lastura. A estas alturas de quiebra de lo poético, donde resulta tan complejo encontrarse algo que realmente sorprenda y abandone el corsé de los lugares comunes, ya solo me emociono con aquellos poemarios que de verdad puedan mostrarse originales y combativos, capaces de cautivarme, de acaramelar mi paladar acorchado de sumiller de poesía en tiempos de encefalograma plano.

Parece que en Lastura se han dado cuenta de esto de inmediato, y tras dejarme boquiabierto con el trabajo de Heberto de Sysmo, ese La flor de la vida que también fue reseñado aquí, en Verde Luna, me encontré en el buzón de casa con la alegría de Poesía en obras. Cada vez es más complicado toparse con un poemario que te sujete de las solapas y te agite, te abofetee y te despierte de nuevo para el mundo lírico. Ocampos lo ha conseguido.

Es Poesía en obras una queja, una batalla entre dos mundos que parecen, hoy por hoy, imposibles de conciliar: la sociedad de consumo con todas sus obligaciones, exigencias y convenciones, y el mundo poético, con su ensoñación; y aquí radica el conflicto, la incapacidad por parte de ese mundo poético de mostrarse rentable ante una situación, la actual, que tan solo valora aquello que proporciona una riqueza material, nunca espiritual. Ser poeta, en estos tiempos, es ser idiota.

El poeta en la sociedad de consumo, en el seno del mundo moderno, insertado en la competitividad de la cultura del éxito, es un mamarracho embebido en su universo de lunático. Un tipo poco práctico, por no decir que un insensato. Un irresponsable, vamos. Incluso, un egoísta que no se preocupa nada más que de sus versos. Porque con esos versos nunca te concederán una hipoteca en el banco, ni podrás realizar la compra en un supermercado, ni abonar los recibos del gas y de la luz.

El poeta necesita de un trabajo alimenticio para saciar sus tripas, mientras el alma ya la tiene bien nutrida de versos. Eso significa una tensión imposible de soportar para todos aquellos que hemos luchado por compaginar el impulso de la creación artística con la jornada laboral. Y fruto de ello aparece un continuado malestar, una amargura que se nos derrama por la cabeza, que nos baja por los hombros como un manto de nausea. Emilio J. Ocampos plasma en sus poemas el resultado de esa tirantez entre dos mundos que colisionan, la perversidad que significa ponerse el mono de trabajo sobre el vestido de poeta. Además del dolor de la percepción lírica de una realidad venenosa —el dia a día en el trabajo— que bajo el prisma del creador aparece doblemente hiriente.

Empecé diciendo que el libro comienza con el poeta que se despierta a las seis de la mañana para afrontar una nueva jornada de trabajo en la obra. De inmediato, se desencadena el conflicto de intereses entre dos voces: una en cursiva, que pertenece al poeta y que defenderá su visión del mundo, frente a la voz en letra redonda, que representa a la sociedad, a las convenciones, a ese hacer lo correcto. A veces, ambas voces pueden compaginarse en la cabeza del poeta, pero en otras ocasiones representan a personas tales como el jefe de la obra. En cualquier caso, entablan un dialogo enconado, de tintes teatrales, en donde funciona el agón para plasmar la tensión interior del yo poético protagonista.

En un curso que impartió hace unos años Fermín Cabal, dramaturgo, sostuvo la teoría de que el agón era el principio y final de toda obra teatral, que sin el agón no habría teatro. El agón —palabra griega— es la contienda, el desafío, la disputa, el conflicto. Y todas las obras de teatro se estructuran en relaciones de agones entre sus personajes. Este recurso del agón resalta la lucha de las dos voces y teatraliza el poemario, dándole un relieve que lo lleva más lejos de lo que alcanzaría un simple compendio de versos lastimeros que plasmaran las quejas de un poeta. El agón es el motor primordial de la obra y el deus ex machina de esta Poesía en obras.

De esta manera, puedo dividir los poemas del libro en dos grupos: los que contienen el agón y los que no. Obviamente, en aquellos que no se produce el diálogo entre el poeta (lo que querría hacer o lo que debería ser) y la voz de lo que tiene que hacer y lo que debe ser, todo el texto aparece en cursiva. Así, a los recursos poéticos y líricos, se le han añadido unas marcas de imprenta que también proporcionan información con echarle un simple vistazo a las composiciones. Todo ello supeditado a una circularidad cuántica, dado que este primer poema, 06:00, se engarza con otro idéntico al final, lo que reactiva el poemario, devolviéndolo de nuevo al inicio. Es, en lugar de una cortazariana Continuidad de los parques, una continuidad poética, que se funde en un movimiento continuo, un perpetuum mobile de eterno retorno.

Pero la lectura de este inicio encadenado a su final, permite otras interpretaciones, y aquí se empieza a descubrir la riqueza y toda la complejidad de este trabajo. La voz en letra redonda, ya en su primera intervención, pronuncia una frase imperativa: “¡Levántate y anda!”. Es sencillo asociar esta frase al momento de la resurrección de Lázaro, y ello crea un horizonte de expectativas en el lector de las poesías (¿hemos leído alguna vez un poemario que nos genere un horizonte de expectativas o, simplemente, atendemos a la concatenación, más o menos acertada, de poemas contemplados como pinceladas individuales?). En efecto, un horizonte de expectativas casi narrativo, algo sorpresivo dentro de un poemario, porque si el yo del poético está resucitando, eso significa que ha muerto. Y si ha muerto para volver a levantarse cada mañana, es obvio que vamos a asistir a su lenta destrucción a través de las horas que conforman la jornada laboral.

De ese modo, el último poema, similar al primero, y viceversa, completan el ciclo de resurrección-deterioro-muerte-resurrección que articula el poemario. Vivir todas esas horas significa ir muriendo en todas esas horas, hasta agotar el día y agotarnos con él. Y si la poesía es una defensa contra las ofensas de la vida, la vida —pautada, laboral, sumisa— es una ofensa contra la poesía. Así, empieza todo.

Y todo, es lo que viene a continuación: los poemas se encabezan con la marca horaria en la que se desarrolla el conflicto, pueden saltar de quince en quince minutos, de media hora en media hora, o en horas completas, en una concepción, de nuevo, cuántica del tiempo. Las acciones más sencillas y rituales de la monótona jornada laboral, como desayunar, asearse o tomar café, después almorzar a medio día, y volver a casa al caer la tarde, provocan un dolor intenso a causa de la visión del yo poético, que percibe estas actividades con un relieve particularmente hiriente debido a su peculiar percepción artística, tal y como afirma en las 06:15: “Dentro de la cabeza tengo un yunque”.

Y la cama que ha debido abandonar la percibe con un acusado componente fúnebre. En efecto, la cama ha sido dadora de vida, lugar de sexo y alumbramiento, pero desde la visión de ese despertarse cada mañana, es el abandono del ataúd del resucitado, al que regresará como un cadáver al finalizar el día.  Este es el primer poema sin agón, circunstancia que obedece a la toma de conciencia de la voz protagonista de que, en cierto modo, es un muerto en vida, una especie de zombi lírico.

A las 06:30 es el momento de tomar el café. Siempre he pensado que el café es la derrota inicial de la mañana. Hay una canción de los Who sobre esta puñalada que significa aceptar la taza de café como la primera claudicación matinal aparejada a la condena de un día sacrificado a la jornada laboral. La canción, titulada Cut My Hair, pertenece al álbum Quadrophenia, y no en vano, esta ópera rock indaga en el inconformismo juvenil a la hora de tener que aceptar las convenciones de la sociedad biempensante: hay que empezar por cortarse el pelo para poder tener un trabajo. Una vez que se tiene, lo demás viene junto, incluido ese desayuno (en este caso inglés) que es el primer amoniaco que tragar en una larga jornada de acíbares: “My fried egg makes me sick, first thing in the morning”, canta la desgarrada voz de Roger Daltrey.

De esa forma, el café es un símbolo de la sociedad capitalista, la bebida que despeja la cabeza lo justo para afrontar los desprecios cotidianos, y a la vez, permite reunir las fuerzas suficientes para ser sumiso: “El café es para los que no quieren soñar”, nos advierte el poema. El ensueño, es algo que no tiene cabida en un mundo pautado para nuestra desgracia. Es como ese personaje de Platonov, por cierto un autor de marcada denuncia distópica, que fue expulsado de la fábrica por “pensar demasiado”.

No es de extrañar, por tanto, que el yo protagonista elija tomarse un zumo de naranja en el desayuno, algo que, debido a su carácter natural, puede sacudirle el “olor a alquitrán (…) este olor a ceniza, este olor a ciudad”. Estos aromas con los que despierta pegados al cuerpo, y de los que quizás se desprenda con ese zumo, aunque volverá a impregnarse de ellos en la obra, son también como la mirra y otros aceites con los que se amortajaba a un cadáver en la época de Lázaro. Quizás, al resucitar, Lázaro lo primero que percibió fueron los efluvios de su propia mortaja, como en el poema se huele el alquitrán y la ceniza. El muerto que vuelve a la vida laboral, un día más, se sacude de sus ungüentos.

A las 6:45 empiezan a aparecer las referencias al agua, que después se concretaran en un ansia de mar en el poema 06:50. El mar juega un papel importante de redención en el poeta. Lo interpreta como la sublimación del anhelo de libertad. El agua corre libremente y sin esfuerzo, el mar es un lugar asociado al sueño. El poeta sueña con mares porque desearía encontrarse en otro lugar, y puede escaparse, momentáneamente, gracias a la visión poética de la realidad. En 07:15, se nos aclara el poder del agua:

he visto como el río no se parte

los huesos al bajar

cada cascada

                        cada roca

                                      cada…”.

El agua es, más que nunca, un agua de vida. Un referente en el poemario, algo inalcanzable cuando se convierte en mar, alejado de la ciudad, que sin embargo se puede recrear poéticamente. En 12:00, el poeta afirma “que en lo alto de la grúa hay dos gaviotas”, y que

algunas veces,

y si estás en silencio

a partir de las doce

pasa un cangrejo”.

Y el mar es la propia poesía. Esa poesía que insufla esperanzas, tal y como refleja en los versos de 19:00:

la tristeza que deja la montaña

tiene vistas al mar”.

Esta asimilación del mar, no solo ya como la poesía, sino como el impulso poético en donde se pueda encontrar una tregua, se manifiesta en 20:00:

A donde vaya el mar

irá la música”.

A las 07:00 estalla el meollo del conflicto. Este es el poema central del texto. Ante la pregunta de los motivos que han llevado al poeta hasta el andamio, la obra o el tajo, no se puede proporcionar una respuesta convencional. Resultaría demoledor si contestara con un he venido a trabajar. Significaría aceptar la doma. Por tanto, es necesario reinventar el imperativo desde un punto de vista poético. Acude al trabajo:

porque el ladrillo no tendrá la vida,

porque el marfil e todas nuestras torres

hizo que se olvidara al elefante,

porque de noche a punta de bolígrafo

nos dieron a elegir

entre la poesía

                        o la vida”.

La acumulación de riquezas y el encastillamiento egoísta de la sociedad, han llevado a una pérdida de la memoria de lo que nos hace humano. Eso significan el mármol, el elefante y las torres mencionadas, y el poeta acude al trabajo casi como si se tratara de un acto altruista, para devolver la memoria de la humanidad al mundo. Evidentemente, su mensaje será en vano. Y puestos a elegir entre la poesía o la vida, se ha elegido la vida.

Sin embargo, abstraerse a la forma poética durante la jornada no es sencillo: “Hay tanto ruido que no encuentro el ritmo”, nos confiesa al inicio de 07:30. Se trata del ritmo para poetizar, que compite con los sonidos de la obra. En 08:00, el jefe le reprende con un “Aquí se viene a trabajar, ¿te enteras?”, aunque también podría ser la voz de su propia conciencia advirtiéndole de que tiene que dejar el alma de poeta fuera del trabajo. En 09:00 el poeta sentencia, a modo de consuelo o respuesta a este conflicto: “al menos yo recuerdo cómo huele el jazmín”, es decir, por mucho que se intente anular el espíritu poético, siempre prevalecerá sobre la jornada laboral.

A las 11:00 se produce una de las grandes revelaciones del libro, quizás el origen de todos los problemas, y no la lleva a cabo la voz poética, sino que en letra redonda se formula la máxima: “Hoy en día la gente//prefiere el cartón piedra a la escayola”. Esta reflexión pone de manifiesto toda una quiebra de valores, la crisis completa de un sistema; aparentar una posición, conseguir la satisfacción inmediata, el consumismo, ese lo quiero ahora y lo quiero ya, la incultura de la cultura del éxito, representada en el cartón piedra y contrapuesta a la escayola: ese conjunto de humanidades que ya sólo son un pálido ornamento al que nadie presta atención. Un estilo de vida que se extingue para dejar paso a una estructura mentirosa. Y producto de ello es la ceguera de los sentidos —“yo no veo nada”, afirma la voz en letra redonda—, el eclipse de todo el sistema, incapaz de percibir los delicados aspectos de la vida que están ahí pero de los que solo se percata el poeta: “se puede ver la arena entre los dedos”, en 12:00. Esa arena es el hallazgo lírico. La propia poesía.

Una poesía que, a causa de la ceguera espiritual, el sistema moderno no comprende, y además la ve inútil. La voz en letra redonda lo deja bien claro: “A mí la poesía no me gusta porque es que no la entiendo”, en 13:00. Y en 14:00, la hora de comer, cuando “el mundo se detiene en un mantel”, es el momento de la toma de conciencia de la necesidad de sostener un trabajo para subsistir ante la improductividad de la poesía:

Y yo,

            Yo que creía

que los buenos poetas

se alimentaban

de alpiste”.

Después de comer llega el inevitable retorno al trabajo. Esa vuelta al tajo es una especie de deconstrucción del cuento de La Cenicienta, puesto que el poeta afirma en 15:00:

no he perdido un zapato de cristal

y tengo

que volver al trabajo”.

Ya se intuye el final de la jornada laboral, con la perspectiva del desenlace funesto:

Los que estamos muriendo

sabemos que vivir

es cuestión de unas horas”.

De esta forma, llegamos a 17:00. Mediante una pregunta acerca de la suposición de que el mundo estaba bien hecho, el poeta responde con que no lo entiende. Al imaginario poético que enumera: “la mirada de un perro”, “pasear por el parque porque hace frío”, “el mar cuando se está durmiendo”, se le contrapone una serie de elementos que resultan incomprensibles desde la visión de la poesía: “el cemento”, la “obra”, los nacionalismos, el maltrato animal… Colisionan aquí dos compresiones muy distintas del mundo. El mundo en general se enfrenta al mundo poético. Y no sólo percuten uno contra el otro: ambos son incapaces de entenderse.

Quizás, semejante incomunicación, la imposibilidad de que ambos mundos puedan conectarse de alguna manera, por mínima que sea, queda reflejada en 18:00. La voz de la conciencia, tal vez por boca del jefe, manifiesta su previsión pensando en un futuro asegurado para el poeta, al que se le sugiere que el día que sepa bien el oficio podrá ponerse por su cuenta. Esta seguridad, la inversión en seguridad para los tiempos venideros, es algo incomprensible para quien hace poesía. Porque la poesía es un dolor interno que necesita ser alimentado, que no entiende de pasados ni de futuros. Solo del presente, cuando demanda su tributo:

Tengo un dolor

que espantaría de la plaza a las palomas,

Tengo un dolor que huele,

que duele

si no se riega.

 

Tengo un dolor,

un dolor que se muere

de ganas de vivir”.

Ese dolor es la poesía. Algo por lo que nadie “estaría dispuesto a pagar”.

El poeta retorna a casa tras la jornada laboral. Se ha teñido de negro, el negro fúnebre, que derrota al azul de la poesía. Azul, evidentemente, como un color aparejado a los poetas desde la época modernista de Darío:

“—La pena que nos mancha

No la limpiará el verde.

No la limpió el azul

Cuando éramos poetas”.

(En 21:00).

El poeta ha retornado cadáver a casa. Le resta cenar y volver a meterse en su ataúd. Es el zombi lírico; todo su impulso lírico revuelto contra él, algo que reflejan los colores, alegres, unidos a los adjetivos que producen el dolor. Los colores, ahora, hieren: “El naranja ahoga”, “el verde enferma”, “el añil pudre”…

Poeta albañil, retorna a tu cama. Ha terminado la jornada. Y, en efecto, en la cama se acuesta un poeta aniquilado, pero poeta, al fin y al cabo. Con todo el esqueleto dolorido por el día en el andamio, en la obra, los huesos le duelen a rabiar. Sin embargo, esos huesos son “los huesos de poeta” (en 22:00). Por mucho que le hayan aniquilado durante el día, el impulso lírico se sigue guardando en lo más profundo, en el mismo tuétano: la esencia de poeta.

El reloj corre por la noche, se suceden las horas… y se vuelve a despertar en 06:00, con el mismo poema que al inicio del libro. Se concreta, así, el cierre circular, la resurrección, y el nuevo comienzo. Asistimos a cómo el Lázaro poeta se sube al andamio. Otra vez.

La soledad encendida, haikus: un museo natural del verso

Título: La soledad encendida

Autores: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo

Editorial: Ultramarina Cartonera

Calificación: ** (Interesante)

Por Jose Carlos Rodrigo

 

Un haiku es como un chispazo, un destello, un relámpago poético. Por tanto, un haijin será un hombre-relámpago, un poeta que viaja con el asombro en la mochila, con el resplandor de la poesía colgado de sus parpados y prendido de sus dedos. Este libro, todo en él, es extraordinario. Es la historia de dos haijines que decidieron entremezclar sus poemas como si combinaran los naipes de una baraja de sorpresas. Pero también es la muestra de un gran amor por la edición. En ese sentido, todo el libro es un enorme haiku conformado de pequeños haikus, un descomunal asombro preñado de otros asombros que lo convierten en un monumento poético.

A la editorial Ultramarina Cartonera le corresponde el orgullo de firmar un ejemplar que es un pura sangre de la edición: un libro bello, un libro artesano y artesanal compuesto con materiales japoneses (bambú o tela de kimono) y plagado de ilustraciones únicas. Numerado y exclusivo, no hay dos ejemplares iguales ni dos portadas similares. En lo relativo a los deliciosos dibujos con motivos japoneses, son las manos de Susana Benet y de Sara García Lafont las que consiguen conectar con la naturaleza nipona mediante sus ilustraciones. Y como todo en el libro es brillante, el prólogo de Mila Villanueva y el epílogo de Raul Fortes Guerrero enmarcan los haikus. Unos poemas escritos a dos manos, sin declarar su autoría porque el poema japonés es eso, una emanación de la naturaleza en donde bien poca importancia tiene el poeta. Los dos haijines, vehículo que se encarga de plasmar el asombro, son dos poetas comprometidos con el haiku, dos poetas en estado permanente de aware o emoción: Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo.

Pero antes de referirme al trabajo de estos dos poetas en La soledad encendida, no puedo menos que rendir un tributo a quienes me pusieron por vez primera en contacto con el haiku, allá por el año 2002. Fueron poetas, y también fueron dos, con ocasión de un libro firmado a medias, como si el haiku tuviera que venir acunado por un dúo de creadores, recelando de la individualidad. El texto, otro libro exquisito, una joya para los bibliófilos, de cuidada edición a cargo de la editorial Celya, se titula Paisajes hacia lo hondo. Un título realmente acertado para definir lo que representa el haiku para el haijin: la proyección en la naturaleza de un profundo estado de comunión con lo que le rodea. Y las poetas eran Almudena Urbina y Montserrat Doucet.

Son los haikus de La soledad encendida un recorrido por las variadas formas de estas composiciones líricas ancestrales. Hay, desde haikus a la naturaleza, pasando por haikus de Año Nuevo, e incluso haikus urbanos, una modalidad que no ha tenido mucho éxito en Japón, quizás por lo moderno, pero que sí se construye con gran aceptación en Europa. Y hay haikus tristes, y haikus intrigantes, y los hay de saludo a la vida, o sobre gatos, ranas y sapos, perros e insectos. Sobre árboles, flores y plantas, pájaros y ganado, incluso sobre agua y lluvia, demostrando que esta composición es versátil, que su traje rítmico se adecúa a la perfección a cualquier asunto, aunque a veces pueda alejarse algo de esa pureza sacrosanta que para los entendidos debe reunir el haiku.

El haiku clásico debe ceñirse estrictamente a tres reglas determinantes: en primer lugar a una métrica concreta (esos 5-7-5 versos en cada una de sus líneas); después, necesariamente, debe alejar el yo, la persona, el componente humano, de la impresión poética; y por supuesto, tiene que reflejar un instante vivido en la naturaleza, que aparecerá en los versos como congelado, atrapado, producto de ese momento deslumbrante que tiene que haberle sucedido al haijin.

Sin embargo, es cuando los haijines Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo desabrochan un poco esta camisa de fuerza estilística, alcanzan, quizás, las composiciones de mayor belleza. Panteras, colibrís o cisnes, engalanan sus pelajes y plumajes con el collar de estos versos. Y rayos, tormentas, nieves y soles resplandecen con mayor brío. Son instantes capturados con la red de la poesía, quedando detenidos en el tiempo, en la memoria, y ya para siempre en nuestra percepción, como ese gato que regresa de la lonja y huele a pescado, o ese perro que regala lametones a un niño delgado, o esas grullas que destacan en el cielo…

En efecto, es el título de la soledad encendida una definición gráfica. Casi anatómica, del efecto germinativo del haiku en el interior de la fisiología sensitiva del poeta. El haiku nace en un momento de intimidad lírica, y lo hace como una descarga eléctrica. Atraviesa al haijin con una sacudida de alta tensión, y los voltios poéticos encienden, literalmente, la inspiración compositiva ante aquello que se está presenciando. Entonces, ese instante queda apresado en la cabeza y el corazón del poeta como el insecto en el cazamariposas, y desde allí, pasa a conformar un libro como este que nos presentan Gregorio Muelas y Heberto de Sysmo: un compendio de belleza que es un gabinete entomológico, en donde cada ejemplar poético aparece expuesto en su vitrina, atravesado por un alfilerazo de sensibilidad lírica, detenidos en el tiempo y en el espacio, desplegando sus vivos colores, sus delicados perfumes a tierra mojada tras la tormenta, a pan recién horneado en la tahona, a nieve invernal, y hablándonos con el sonido de las grullas en el estío y el lenguaje de los arroyos en otoño.

Todo esto es La soledad encendida. Pero, por encima de formas, composiciones, y versos, es un mayúsculo poemario al que cualquier día le saldrán alas y, dejando un leve polvillo tras de sí, saldrá volando por una de nuestras ventanas, a la búsqueda de otros lugares en donde anidar. En ese momento, nosotros también seremos ya haijines. Prisioneros, de por vida, en la belleza del latigazo del verso.

 

Adjuntamos algunos links de interés para una mejor aproximación a la obra :

  • Lectura de algunos kaikus por parte del autor
  • Referencias a la editorial:

https://editorialultramarina.com/

  • Entrevistas realizadas a los autores:

http://www.lagallaciencia.com/2015/11/la-soledad-encendida-de-gregorio.ht

http://www.rtve.es/m/alacarta/audios/el-ojo-critico/ojo-critico-haikus-heberto-sysmo-gregorio-muelas-02-06-15/3152626/?media=rnehttps://editorialultramarina.com/11-la-soledad-encendida-gregorio-muelas-heberto-de-sysmo/

 

 

Kamala o el Monzón de Kerala

Título: “La vieja casa de juguete y otras historias”

Autor/a: Kamala Suraiya Das

Traducción: Isabel García López

Editorial: Torremozas

Colección: Torremozas – Número 182

Valoración: *** (Obra de referencia)

 

Hasta que te encontré,

escribía versos, pintaba

Y salía con amigos

De paseo

Ahora que te quiero

Enroscada como un viejo perro callejero

Mi vida reposa, contenta en ti (Amor)

 

He aquí una poeta de verdad, una fuerza revelada de la naturaleza que se presenta como sigue:

No sé de política, pero conozco los nombres

De los poderosos, y puedo repetirlos como

Los de los días dela semana, o los nombres de los

[meses, comenzando por

Nehru. Soy India, muy morena, nacida en

Malabar, hablo tres llenguas,

escribo en

Dos, sueño en una (Presentación, extracto -1-)

Quizás lo más interesante de su vida sea haberse constituido en ejemplo a seguir, en referente para muchas mujeres con aspiraciones de independencia (o mejor dicho) de libertad respecto no sólo a sus maridos sino al resto de la sociedad y a las cadenas impuestas para la mujer. Desde el punto de vista ortodoxo (hindú y musulmán), su actitud vital su fuego que refleja con maestría en los versos del presente poemario, es ampliamente reprobable. No obstante hay que prevenir al lector respecto de dos puntos:

  1. Se trata de una mujer india de casta alta.
  2. Fue alentada y apoyada por su marido K. Madhava Das quien entendió que precisamente debido a su cuna sus futuro literario podría ser ampliamente oneroso sobre todo habida cuenta de que era descendiente de Nalapat Balamani Amma (madre) y Nalapat Narayan Menon (tío y conocido escritor).

Lo cierto es que desde el primer momento, desde la primera lectura de los primeros versos se nota cláramente que se está leyendo poesía altamente inflamable: Nos entregamos al fuego o a la  / Hambrienta tierra para ser lentamente tragados,  / Devorados. / Nadie descenderá de su cruz / Ni nos mostrará si herida, ningún díos perdido en / El silencio empezará a a hablar, ningún amor perdido / Nos reclamará, no, no vamos a ser / Nunca redimidos, ni creados de nuevo (Los desdencientes, extracto).

Sin duda se detecta un poso mucho más emocional que racional en la poesía de la autora, lo que la entronca casi directamente  y de forma muy intensa con las emociones del lector. La poeta no compone sino que habla cara a cara, con el corazón en la mano y puede que desnuda. Hay numerosas referencias al amado (y estamos casi seguros que no se refiere precisamente a su marido sino a diversos amanantes que parecieron poblar la vida de la autora), al pecado que es destilado socialmente… podría decirse que en sí mismo se trata de una oda al libre deseo de la mujer:  Sí, el único movimiento que conozco realmente/ Es el de nadar, / Es innato. / El hombre blanco que se ofrece / A ayudarme olvida,  / El hombre blanco que se ofrece / A sí mismo como una bebida fuerte / Es para mí,  / A decir verdad,  / sólo agua.  / Sólo un estanque verde pálido  / Brillando al sol.  / Rota de deseo.  / Floto en su vigorosa sangre / Secándome las lágrimas (El suicidio, Extracto -1-)

Sin duda podríamos afirmar que la poesía de Kamala Suraiya Das podría enmarcarse dentro del género (propuesto en estas líneas), de poesía antidevocional por su contenido, por su contexto y por la reivindicación que supone su mera existencia. La presencia de lo carnal elimina todo posible rastro de lo espiritual: Hubo un tiempo en que/ Estaba triste en Calcuta, unos días estivales / Que pasaban lenta, y/ Tristemente, como un cortejo detrásde un ataúd. Días / Cuando incluso mi cama no me daba Descanso, sino que como un mar agitado me sacudía/ [con / Sus olas y cómo gemía/ Y me lamentaba, y constantemente ansiaba un hombre de /Otra ciudad… (La buganvilla salvaje, extracto).

Concluiremos diciendo que la lectura de este trabajo es toda una experiencia sexual y sensorial que sin duda no dejará indiferente a ningún lector. Después de haber leído este primer trabajo nos quedamos primeramente atrapados (puede que asalvajados) por la intensidad y precisión en el uso del lenguaje empleado (también aqui hay que agradecer la excelente labor de traducción realizada) y podemos llegar a percibir (revisando el resto de su obra tanto en prosa como en verso) porque fue postulada al nobel de literatura en 1984.

Kamala Suraiya Das – un auténtico monzón literario. Que la disfruten.

 

Soy yo quién se ríe, soy yo la que hace el amor

Y luego, siente vergüenz, soy yo quién yace moribunda

Con un desgarrro en mi garganta. Soy una pecadora,

Soy una santa. Soy la amada y la

Traicionada. No tengo alegrías que no sean las tuyas, ni

Dolores que no sean los tuyos. Yo también me llamo

[a mí misma Yo. (Presentación, extracto -2-)

 

Para más información:

https://en.wikipedia.org/wiki/Kamala_Surayya

 

Los susurros de las sombras

Título: Las Edades del Laberinto

Editorial: Piedra de Sol

Calificación: ** (Interesante)

Autor: César Cabello

Por: David2

 

 

Un cráneo mal nacido cuelga en mi palabra

Esos hijos tuyos/penan al amanecer. (Prédica de Almas / Tres).

Oscuridad. Niebla. Muerte. Frío. Sombras que susurran.

Quizás sean estas las sensaciones más evocadoras que surgen tras la lectura de la inquietante obra de César Cabello. Lo más destacable de la edición y que llama la atención en cuanto se completa la lectura de los primeros poemas es lo descuidada que está la edición principalmente en lo que respecta a la tipografía escogida.

Las “Edades del Laberinto” está estructurado en torno a los siguientes bloques (o edades):

  • Ruinas de una Ciudad Inventada
  • Dos
  • Tratado de Música
  • Las Edades del Laberinto
  • La Cruz y las Tinieblas
  • Dos
  • Tres

En este extrañante e inquietente trabajo de poesía oscura el autor emulando a Dante recorre su propía distopía, mostrándonos un mundo oscuro, preñado por la muerte que puede tomar varias formas, que es observable tanto en animales como en personas y en cosas. El lenguaje claro (a pesar de lo oscuro), posee un enfoque claro, sin ambigüedades que ataca y pudre, que desacraliza.

Existe un término que quizás pueda explicar o aproximarse a lo que supone la poética del autor; lo hemos bautizado como antropo transformación poética y consiste en la materialización poética (esto es a través de la expresión matérica de cierto tipo de lenguaje literario), de sensaciones inspiradas por extrañas fuerzas de la naturaleza quizás disfrazadas tras el velo de la inspiración. Antropotransformación poética consiste en dotar a las cosas, los objetos y lo indefinido en forma humana, quizás perdida, quizás añorada.

Algunos aspectos del trabajo resultan particularmente curiosos (por no decir abiertamente inquietantes):

  1. Primeramente hay una alusión (y puede que obsesión), continuada a la religión católica, alusión que debiera ser entendida analizando la procedencia del autor de un entorno de pobladores originarios de Chile (mapuches de la Araucanía), donde la religión católica se impuso junto con el uso de la lengua (que a través de la Araucana precisamente dió origen a la tradición literaria en Chile). El tratamiento que se realiza de los símbolos, imágenes y aspectos relacionados con el rito, con la transfiguración y los diversos misterios no es precisamente amable. El primer poema del trabajo se titula precisamente “La santa Trinidad” y sus cinco primeros versos rezan de la siguiente manera:    Aqui sentado como mi pobre mandíbula de carnero / contemplo la ciudad en llamas / las últimas cabezas libres / que azota al amanecer: Yo / que hablo en el fondo de la fila / como el hijo maricón que no se va de casa…   son coincidentes con los cinco últimos versos del trabajo incluidos en el poema “Todas las cosas están llenas de dioses”.
  2. En numerosas partes del trabajo la palabra “muerte” aparece y es recordada de forma omnipresente y obsesiva por parte del autor o del meta-autor , una segunda mano una segunda voz que parece estar por encima a la del propio autor – quien sabe si nos referimos al genio creativo o a su reverso tenebroso Caían en el fuego las estatuas / el mercado de los nobles / eran las edades y el caballo de la muerte / galopando / raspando en el misterio / de la luz. Las alusiones a animales muertos (especialmente pájaros), son igualmente frecuentes.  También pueden apreciarse ambientes y espacios que hacen alusión indirecta a la misma; hay noche, hay silencio, hay sombras, mujeres enlutadas y tumbas Será en este lugar sin noche / inmóvil  / Pienso entonces en los bancos / en sus pasos enterrados / en el mal oído del infante que nada sabe de música / pero la adivina.
  3. El uso y el rol que ocupan los animales en el trabajo, especialmente las aves que tienen un papel destacado en la cosmovisión mapuche, es especialmente significativo. Las aves conectan de alguna manera el mundo de lo visible (del efecto), con los motivadores que subyacen detrás del mismo (de las causas), siendo algunas representantes de cambios y/o efectos benéficos, neutros o abiertamente negativos De noche sacudían la norma de los búhos/en los barcos de la muerte regresaba con mi padre  o la extraña alusión realizada en el poema “Cantos tutelares” Roja fue la cruz que cuelga de las puertas / El pájaro del sueño / cruza en mi camino / Padre nuestro  / que vienes de las sombras / y traes en tus ojos / la sal de los caballos.

Sinceramente, la poesíadel autor, se parece más al testamento o a los dictados de una sombra que relata sus experiencias mientras se retuerce entre el mundo real y el imaginario, puede que emulando a Dante. Se sirve de oscuros susurros para revelar una extraña visión a los hombres abonada de descalificaciones a lo sacro y en general a todo lo que provenga de la luz y resulte bueno, verdadero y cierto… que sea una emanación de un espíritu de luz.

Sin duda “Las Edades el Laberinto”  es el resultado del susurro de las sombras. Que lo disfruten.

 

Otras reseñas de “Las Edades del Laberinto”

https://letralia.com/210/articulo08.htm

Dejamos un interesante enlace a un imperdible trabajo descargable sobre la ciencia secreta de los mapuche:

 

Hojas de té y once chilena

Título: Hojas de té

Autor: Víctor Ilich

Editorial: Vidproducciones – Colección CALycanto

Por: David 2 Calificación: * (mejorable)

 

Te esperé de madrugada.

Hojas de té lejanas

al oriente de mi cama.

Te esperé al atardecer

cuando los ríos duermen

y las aves vagan.

En Verde Luna creemos que es importante dar a conocer autores contemporáneos, con especial interés en aquellos menores de 40 años.

Tras el pseudónimo de Víctor Ilich, se encuentra la mano de Victor Ruiz quien después de escribir otros poemarios como “Infrarrojo”, “Réquiem para un hombre vivo”,  nos presenta en esta ocasión “Hojas de té” en una cuidada edición de tan sólo 500 ejemplares. 

Sin duda lo más destacable del trabajo es su edición, su grafismo y maquetación, con abundantes y originales ilustraciones en torno al té y su potencial poética (debe tenerla).

El trabajo está estructurado en torno a cinco bloques que no son siquiera partes temáticas, estando construidas en torno a un evidente juego de palabras:

1- Te Espero 2 – Te Confieso 3- Te Cuento 4- Te Cuido 5- Te sugiero.

Escrito fundamentalmente en primera y segunda persona hay poemas a lo largo del trabajo donde se hace demasiado evidente la falta de rima, métrica, sonoridad… construcciones sin cuerpo, con una ausencia más que notable de aquella trascendencia esperable. En esencia poesía es verdad revelada que revienta al oído.. un ejemplo perfecto de ese vacío presente en la obra sería el poema / “La bolsita de té” (página 20 del poemario):

“Lo nuestro no puede seguir

es un tren descarrilado,

prometiste serme fiel

como el agua a la sed”.

Un evidente ejemplo del abuso de la figura de la repetición lo podemos encontrar en la página 33 dentro del poema “Siete usos del té, que lamentablemente, no puede saciar”.

“La paciencia de un te espero,

la luz de un te veo.

la sensatez de un te creo,

la emparía de un te comprendo,

la reciprocidad de un te ayudo,

la templanza de un te protejo

y la firmeza de un te sostengo”.

Si bien aunque la temática del libro resulte sugerente (insuficientemente aprovechada desde nuestro punto de vista), el nivel del trabajo que podemos encontrar dentro del mismo parece no estar a la misma altura, resultando abiertamente pobre.  Una de las carencias más notables es la falta de uso de la figura retórica).  La repetición es una de las que sí está presente a lo largo del trabajo, quizás en demasía. Lo dicho, mejorable.

Que lo disfruten.

 

  • Este poemario formó parte de un proyecto universitario de edición cuyo detalle se presenta a continuación:

https://www.behance.net/gallery/12820321/Hojas-de-t-poemario   –  (licencia creative commons)

  • Para conocer más sobre el autor:

http://finisterrae.cl/noticias-y-redes-sociales/noticias-finis/item/victor-ilich-juez-y-poeta-la-poesia-me-ha-sensibilizado-frente-a-la-cronica-diaria-de-la-miseria

 

Castilla vista con ojos tropicales: Respuestas de la tierra, de Ronald Campos.

Título: Respuestas de la tierra.

Autor: Ronald Campos.

Editorial: Juglar.

**Interesante

Por José Carlos Rodrigo

 

 Cuando la poeta Montserrat Doucet le envió a un Miguel Delibes, ya enfermo y retirado de la literatura, su poemario Paisajes hacia lo hondo, el escritor vallisoletano le respondió con una carta en la que afirmaba, con una sentencia no exenta de nostalgia, pero también con algo de rabia: “Otro libro de Castilla. La arruinada Castilla madre de pueblos”.

            En efecto, una Castilla desolada, áspera y dura, tal y como habitualmente la han visto los poetas, desde Machado a Juan Ramón Jiménez, pasando por Unamuno y Claudio Rodríguez. Y Delibes no era ajeno a que en el poemario de Montserrat Doucet esta visión tensa, de una tierra incómoda y cuarteada, continuaba con la tradición.

            Ronald Campos, en su poemario Respuestas de la tierra, también se ha ubicado sobre las tierras castellanas para mostrarnos su mirada poética. En ese sentido, abraza toda la cosmovisión lírica anterior, pero, de repente, la Castilla que aparece tras el tamiz de sus versos es una región bien distinta a lo poetizado hasta ahora: porque Ronald Campos observa Castilla con ojos tropicales.

            La Castilla como región poética, amasada por Ronald Campos en Respuestas de la tierra, es una tierra repleta de sorpresas que se le revela como una extraña amalgama de piedra y naturaleza desbocada. La hibridación entre el trópico y la meseta queda establecida ya en uno de los primeros poemas del libro, Castilla y León, en donde se produce un primer e inmediato reconocimiento del poeta con el paisaje, gracias a una lengua común (aquí el llamado “yo poético” pertenece al del autor, dado que enfoca este poemario como un poemario de viajes y las vivencias desgajadas de los mismos). Un lenguaje similar, el que se habla allá y acá, lenguaje castellano que establece un puente de reconocimiento y, gracias a él, el poeta puede definirse: “Tu lengua con que me mantengo//reptil//con antaños presentimientos”. El poeta asume su cualidad tropical en la figura del reptil, identificado con alguna de las 255 especies de reptiles que habitan Costa Rica y que tienen su espejo en nuestras pizpiretas lagartijas que descansan sobre las paredes rurales, empachadas del sol inclemente.

            De esta forma, y tal y como argumenta Montserrat Doucet en su espléndido prólogo al poemario, se produce una invasión de animales tropicales que, invocados por la mirada poética, poblarán el espacio castellano. Así, el acueducto segoviano se metamorfosea en iguana de piedra: “Esta iguana de piedra//sacude sus escamas alborales//Empuja a lengüetazos//coches a mis umbrales” (en Spleen segoviano). Tal es la riqueza y originalidad de estas imágenes, que el poeta puede sentirse transido en ocelote por la contemplación de la catedral de Valladolid en el poema Catedral, sus huesos se inflan “como boas” en El otoño, salpicando las composiciones con lagartijas, cigüeñas, “panteras de viento”, un “jabalí de frío”, el “águila-tigre de claridades” o una “videollamada con búfalos en la garganta” (en De repente, Valladolid).

            Después, aparece el motivo de la piedra. De esa piedra reptiliana sobre la que se calienta la iguana, esa piedra que forma parte del paisaje castellano como el bosque lluvioso lo es de Costa Rica. Para Ronald Campos la piedra está viva, ya sea formando parte de los frontales y portones de las catedrales, ya sea en una conexión cósmica percibida en el desfiladero de la Yecla, en Burgos, o en las torres del horizonte de Monte El Viejo, en Palencia. La piedra transporta un código en su interior, un mensaje que es como una carga de ADN; la piedra, los sillares, emanan una sustancia en la que el poeta reconoce el paso del tiempo, la permanencia eterna e inmóvil en ese devenir, y se proyecta en ellas como un viajero atemporal, cuántico. Lo que ha sucedido delante de la piedra continúa ocurriendo, y ocurrirá siempre.

            Estas piedras castellanas conforman una vegetación viva y característica de la región, como en Costa Rica lo es la vegetación exuberante. Se produce una simbiosis entre la materia tropical del poeta y el ecosistema castellano. Así, el otoño es “un quetzal de cuero atrapado entre los árboles//¡Alpaca de lluvias trastabillando,//con náuseas de planicies//sobre los campos de Castilla!//El otoño…”. El ave trepadora, el camélido, colocados por ensalmo lírico en el corazón del otoño castellano.

            Es Respuestas de la tierra un poemario ambiental, un ejercicio de versificación que busca atrapar la luz, la quietud trágica y monumental de los espacios castellanos: “Bordear la catedral//es entregarle devotamente un rostro al mediodía”, afirma en Spleen segoviano, para comprender que la presencia de lo sagrado en las piedras causa un impacto en el alma que “es terminar por colocarle//a la tarde una silla,//y paralizarla ahí, con un clavo oliendo a escaleras”.

            El poemario, en su segunda parte, amplía el viaje al resto de España —Valencia, Granada, Barcelona, Madrid, Sevilla, Córdoba…—, para, en la tercera, expandirse con un recorrido por Europa —Berlín, Ámsterdam, París, Venecia, Atenas, Budapest, Praga…—, ciudades y experiencias poéticas siempre repletas de una espiritualidad que emana de la fuente de la Historia, una Historia cosida a golpes de sangre y pasiones.

            Ronald Campos busca en Respuestas de la tierra establecer un diálogo con el tiempo y con la Historia, con esos códigos que se ocultan en los materiales que conforman los monumentos y así, tal vez, poder desvelar algunos de los misterios que guarda el espacio y el tiempo, porque “todo —guirnaldas, gárgola, rosetón y agujas—//pretende —lo mismo que en la piedra en la literatura—//vaciar el vacío y el terrible misterio de las cosas”.

            Desvelar “el terrible misterio de las cosas”… ¿Acaso no es esa la primigenia labor de la poesía?

DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.

Autor: Heberto de Sysmo.

Editorial: Lastura

**Interesante

            Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.

            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.

            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).

            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.

            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.

            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.

            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.

            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.

            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.

            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal.