Tourette en los no-lugares o el poeta que desayuna versos

Título: Un cuántico aleteo en la boca

Autor: Maximiano Revilla

Editorial: Vitruvio

Calificación: ** (Interesante)

Por Jose Carlos Rodrigo

 

Portada “Un cuántico aleteo en la boca”. Maximiliano Revilla.

Maximiano Revilla es uno de los poetas más sorprendentes que he conocido. Y una de sus principales virtudes radica en que el asombro de su poesía aumenta con cada libro que publica. En Un cuántico aleteo en la boca despliega, de nuevo, esos poemas que son como retazos de vida, jirones de existencia, momentos congelados de lirismo. Escenas cotidianas que pueden presenciarse en las calles de la ciudad, en el transporte público, en la televisión, todas ellas poetizadas: esa sería la idea subyacente del poemario.

La poesía de Maximiano Revilla ha tomado una interesante deriva hacia lo social. Es como si hubiera encontrado un traje cómodo para sus versos cuando se remangan y se ponen a trabajar denunciando la tristeza habitual que nos atonta. De esta forma, nace en el poeta una necesidad casi obsesiva de nombrar aquellos elementos que vertebran la cotidianeidad venenosa, dejando en sus composiciones un rosario de marcas comerciales, de lugares que son no-lugares, por donde transita nuestra maldita rutina.

El filósofo francés Marc Auge puso en marcha la teoría de los no-lugares, para designar esos sitios en donde estamos de paso y que acrecientan la incomunicación. No-lugares son los aeropuertos o las habitaciones de hotel, y en cierto modo alguno de los lugares favoritos de Maximiano Revilla a la hora de poetizar: los vagones de metro, el autobús, y las marquesinas de las paradas en donde mientras esperamos podemos ver el interminable desfile de la vida amortajada.

Cotidianidad, no-lugares y trasporte público, junto con un afán incontrolable por nombrar, hacen de este poemario un ejercicio de poesía-tourette tan fascinante como incisivo, porque perfora y tritura el corazón, y deja un sabor amargo al final de la lectura.

El primer verso del primer poema, ya hace que se tambalee el mundo del lector ante lo que podemos inferir detrás de este tremebundo ataque: “Contra la corrupción: esto es la vida”. Y, lógicamente, lo que es la vida para el poeta es la poesía. Y las escenas que van a desfilar por sus poemas son el armamento para combatir esa corrupción que es la podredumbre del dia a día que nos carcome, preñado de lugares comunes, figuras de repetición, aburrimientos y obviedades. El libro se desgrana en fractales de tiempo. Comienza a la una, y dentro de ese poema aparecen otros poemas titulados A la una, como fragmentos que conforman un todo. Después, llega A la una y uno, compuesto de otras pequeñas partes, y así, hasta el último poema del libro: A la una y veintinueve.

Estamos ante una poesía de fractales, una poesía cuántica concebida como una forma de capturar en esos instantes que transcurren ante nosotros, en el vagón de metro o la parada del bus, los diferentes mundos paralelos que conviven juntos a modo de palimpsesto. Y en este poema fundacional ya se aprecia el rastro de lo social en:

Efímero igual que las hojas de los diarios escritos

con la historia de una esquina emigrante”.

Para después, terminar el poema con el primer ejemplo de esa intrusión de la vida cotidiana tecnológica, que se nos apodera del día a día: “Selfies a la mañana”. Desde aquí, en la siguiente porción de poema, aparece ya el despertador y la oficina. Es el momento de fijarnos en algunas de las isotopías del texto y determinar que palabras lo articulan. Encontramos referencias al mundo laboral —además del despertador y la oficina, las lámparas lead, los trajes, las corbatas, los táper donde se lleva el almuerzo—, a las transiciones de lo cotidiano —maquillaje, conversaciones, anuncios, las bolsas de plástico de los supermercados, tampones, preservativos—, a la situación social —el hambre, los emigrantes, un tren de refugiados, el reciclaje, la compra-venta —, y a la vida en los no-lugares como el supermercado, el autobús, el metro, las paradas de los autobuses las calles, los pasos de cebra frente a los semáforos, las butacas de los cines…

Todo ello, junto a una preocupante interpretación del tiempo, un tiempo que es inasible, que se escurre por entre los versos, dado que el poemario alberga una profunda intención de retorno a la infancia. El poeta ha encontrado una estructura cuántica que le permite cohabitar en diferentes mundos a la vez; lamentablemente, son los mundos del ahora. Versifica todo aquello que le sucede a su alrededor, simultáneamente, pero sin posibilidad de acceso al pasado o al futuro, por mucho que la poesía pueda aproximar algún recuerdo que, simplemente, es un mero y decepcionante sucedáneo de la vida.

Por ello, tiene que ser nombrando las cosas, la forma en que puede convocar los recuerdos. Maximiano entabla un descomunal combate que tiene mucho de quijotesco (no en vano ya me referí en la crítica de otro libro suyo, aparecida aquí en Verde Luna, al aspecto quijotesco de su poesía), y en donde los poemas golpean al pasado con la terrible actualidad:

Contra todo pronóstico, entre tantas ofertas

nos amamos en un hostal del centro,

huyendo de la lluvia y de tus padres.

Cuarenta años después de criar a nuestros hijos,

te presento a las nuevas rebeliones:

pan sin corteza en su bolsa de plástico”.

Maximiano Revilla traza una poética urbana en este poemario, donde las barras de los cafés, los madrugones para acudir al trabajo, los gimnasios y las perfumerías, las farmacias y los estancos, forman parte del esqueleto de la ciudad que nos alberga, por la que nos movemos como zombis y en donde no somos ya capaces de percibir lo que nos rodea. La ciudad, como el mayor de los no-lugares posibles. La ciudad es una isla. El lugar de mayúsculo aislamiento en donde serpentea el Gran Commuter, el poeta de los transportes públicos, las tristezas colectivas y los versos de desayuno con churros o pincho de tortilla. Y todo ello posee un lirismo desbocado en los ojos, y en el corazón, de Maximiano Revilla.

Ciertos retales del pasado, de una era pre-tecnológica, parecen asociarse al espíritu puro de la poesía: “Adiós tienda del barrio, constelación del poeta”, se nos dice en un verso amargo que lamenta esta pérdida de la capacidad de sorpresa, aniquilada por tuits, selfies, comida basura y anuncios que prometen la felicidad. En medio de todo esto, vivimos en una soledad profunda y tediosa.

Todo se retransmite en diferido para poder cortar si fuese necesario”, es este verso el cogollo central del poemario. El alfa y el omega de todos los problemas: programados, supervisados en el día a día, dominados por biempensantes y buenistas que dictan lo políticamente correcto, disponen con absurda autoridad aquello de lo que debemos hablar a voces y aquello de lo que tenemos que cuchichear a escondidas, y que marcan las lindes de unas vidas cotidianas que, obligatoriamente, deben discurrir ocupadas por mujer, perro y niño

Ser poeta significa realizar la elección más políticamente incorrecta que se pueda hacer. Porque ser poeta, obligatoriamente, lleva a preguntarse acerca de las cosas, a no admitirlas como son o como ellos quieren que sean, y eso resulta incómodo para el pensamiento único que pretende regirnos dentro del buenismo-light y la corrección de pastel.

Quizás, por todo ello, el poema A la una y veintinueve, que cierra el libro, presenta una conversación del poeta con una dama que muy bien pudiera ser la Vida, en una especie de entrevista de trabajo, ese mal que gobierna estos tiempos, y de la que solo queda un regusto amargo porque, la Vida, no parece estar dispuesta a contratarnos.

De esta forma, Maximiano Revilla ha intentado resolver un misterio: el cuántico aleteo en la boca es el movimiento de la lengua y de los labios al articular un nombre —recordamos el principio de la Lolita de Nabokov…, no podía ser de otra manera—. ¿Pero cuál es este nombre que pronunciamos como un ensalmo y que nos guarece de los insultos de esa vida que no nos quiere? Se trata del nombre de la persona amada, del nombre de un libro, de un escritor, del nombre de cualquier cosa que pueda hacernos la existencia más llevadera; nombres que pronunciamos como corazas, que nos blindan ante la hostilidad cotidiana y nos protegen del horror de los telediarios, del espanto de la cola de la panadería, de la soledad de las butacas del cine, de la agresión del café de máquina en la agria pausa de la media mañana.

Personas amadas, libros, sueños, ideales…, al final, todos estamos articulando el mismo nombre con el mismo aleteo cuántico: es la poesía. Nuestra poesía de batalla, personal, intransferible, esa que consigue que nos sobrepongamos, la que nos proporciona fuerzas para afrontar el día a día y poder escapar de la pavorosa soledad de los no-lugares.

O de un único y descomunal no-lugar: nuestra propia vida.

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DE LA LITERATURA CUÁNTICA A LA POESÍA CUÁNTICA (I) —algunas consideraciones generales—

Autor: José Carlos Rodrígo Breto

Seríe: Poesía Cuántica

“La lluvia es una cosa

Que sin duda sucede en el pasado”

Jorge Luis Borges, La lluvia.

 

           Casualidad y contingencia, dos de las características que definen lo que se puede denominar como “novela cuántica”, me llevaron, en el otoño de 2014, a descubrir en el poemario de Montserrat Doucet, Mar de Chira (Madrid, 2014) una construcción ejemplar para lo que determino como “poesía cuántica”. Después, otros trabajos, como La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada (Ocaña, 2016), de Heberto de Sysmo[1], han venido a demostrar que la “cuántica” en la lírica es algo más que un mero modismo. Esta visión poética se ha convertido en una necesidad de explicar el mundo desde la perspectiva de la física cuántica, de la teoría de las cuerdas o del fractalismo, como respuesta al mundo moderno en el que nos movemos, y en el que las tres dimensiones, o una mera imagen microscópica, ya no resultan suficientes. Ahora hay que referirse a lo cuántico, a lo micro-cuántico, si queremos encontrar un sentido al cosmos que nos rodea. Y de ahí este tipo de poesía.

            Casualidad y contingencia, en efecto, tal y como digo al principio de este escrito, porque en aquellos momentos me encontraba terminando mi tesis doctoral sobre aspectos de la literatura albanesa y el escritor Ismaíl Kadaré;[2] un trabajo que, entre otras premisas, buscaba demostrar que dicho autor es mucho más que un autor realista, entendiendo “realismo” como la corriente que lo adscribe o hermana con escritores como Galdós, Victor Hugo,  Dickens, Balzac o Zola –tal y como mantienen algunos críticos literarios, en particular de corrientes francesas y de la crítica española–, y en donde ese “realismo” se sustenta en descripciones y temáticas relacionadas con el ambiente montañés y las tradiciones albanesas, y que tampoco tiene nada que ver con el imperativo de las leyes del “realismo socialista” bajo el cual los autores de la Albania del tirano Enver Hoxha se vieron obligados a escribir.[3] Evidentemente, Ismaíl Kadaré es mucho más que todo eso, y además, su obra ejecuta un giro cuántico que pivota sobre una obra específicamente cuántica, Spiritus (Elbasan, 1996), un texto que, a la par, significa explosión e implosión de su narrativa, es una leche proteica que nutre el resto de su creación, que ya no volverá a ser nunca más la misma y le permite, de esa forma, componer algunas de las novelas cuánticas más complejas y modélicas de la actualidad, como por ejemplo, El accidente (París, 2008) o La cena equivocada (Tirana, 2008).

            Dio la casualidad, por tanto, de que me encontraba sumido en el análisis de los elementos de la “narrativa cuántica” en general, y de la obra de Ismaíl Kadaré en particular, cuando recibí la invitación para presentar[4] el libro Mar de Chira. Su lectura me abrió de inmediato un “horizonte poético cuántico” que se contiene en los poemas, y pude determinar, de inmediato, que me encontraba ante un ejemplo de “poesía cuántica”.

            Una investigación más a fondo de lo que podría encontrarse detrás de la llamada “novela cuántica”, o literatura cuántica”, podría conducir a errores, o simplemente hacernos topar con algunas bufonadas llevadas a cabo por desaprensivos y caraduras. La etiqueta “cuántica”, o “lo cuántico”, no siempre se utiliza de forma adecuada, y en la mayoría de las veces sirve para ocultar defectos. Generalmente, disimula el peor defecto de todos los posibles en la creación literaria: la escasez o la completa falta de talento. Eminentemente narrativo, este problema de la cuántica se exacerba si lo calcamos al ámbito de la poesía. Ya lo advierten Sokal y Bricmont en su obra, con el significativo título Imposturas intelectuales (Londres, 1988), en donde nos ofrecen su propia y particular lectura e interpretación de la aplicación de ciertas ciencias a las artes, entre ellas la física cuántica, concluyendo que muchas veces se toman estas teorías como un paraguas donde refugiarse para, finalmente, no aportar nada novedoso. De este modo, no será “poesía cuántica” un poema que utilice términos de la física cuántica, como tampoco lo son construcciones pomposas sin pies ni cabeza que pasan por ser, presuntamente, “cuánticas”.

            Comentado ya, someramente, lo que se oculta detrás de lo “no-cuántico”, en el próximo artículo será el momento de determinar las características de la “narrativa cuántica”, de la “novela cuántica”, origen y filiación, y cómo desde esa plantilla, he podido interpretar siguiendo esa clave el texto poético de Montserrat Doucet y los siguientes poemarios que como tales he podido clasificar.

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA

            Doucet, Montserrat: (2014) Mar de Chira. Introd. Laureano Albán, Madrid, Polibea. Col. El levitador, nº 48.

            Heberto de Sysmo: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada. Introd. del autor, Análisis y notas David Acebes Sampedro, Ilustraciones Vanessa Torres, Ocaña, Lastura, Col. Alcalima.

            Kadaré, Ismaíl: (2000) Spiritus. Trad. Ramón Sánchez Lizarralde, Madrid, Alianza. Col. Alianza Literaria, nº 36.

Kadaré Ismaíl: (2009) El accidente. Trad. Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces, Madrid, Alianza. Col. Alianza Literaria, nº 245.

Kadaré, Ismaíl: (2011a) La cena equivocada. Trad. Ramón Sánchez Lizarralde, Madrid, Alianza. Col. Alianza Literaria, nº 308.

            Rodrigo Breto, José Carlos: (2015) Ismaíl Kadaré y la Gran Estratagema: reflejos literarios del totalitarismo. Tesis doctoral. Madrid, Universidad Complutense. Dirs. Jose Ignacio Díez Fernández y Francisco Javier Juez Gálvez. Fecha de lectura 15/06/2015. Inédita.

            Rodrigo Breto, José Carlos: (2015) Kadare´s Fortune in Spain: A Brief History of Its Reception. Ponencia leída en el XXXIV Seminario de Lengua, Literatura y Cultura Albanesa, organizado por la Facultad de Filología de la Universidad de Pristina, Kósovo, 21-08-2015. Inédita.

            Sokal, Alan y Bricmont, Jean: (1999) Imposturas intelectuales. Trad. Joan Carles Guix Vilaplana, Buenos Aires, Paidos.

 

[1] Pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor.

[2] Véase bibliografía.

[3] Del problema del encasillamiento al que la crítica somete a Kadaré como autor “realista” y las etiquetas que le coloca para condicionar al lector, trato en mi ponencia Kadare´s Fortune in Spain: A Brief History of Its Reception. Véase bibliografía.

[4] Presentación llevada a cabo el 12 de noviembre de 2014, en la biblioteca del Centro Cultural Isabel de Farnesio, en Aranjuez.

DE LO MOLECULAR A LO CÓSMICO: UN POEMARIO PARA GEOMETRIZAR EL MUNDO

Título: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada.

Autor: Heberto de Sysmo.

Editorial: Lastura

**Interesante

            Desde que ya hace un tiempo acuñé el término de “poesía cuántica”, han sido pocos los poemarios que me he encontrado con una vocación cuántica tan manifiesta como este La flor de la vida, de Heberto de Sysmo. Y no sólo se trata de su intención, la estructura, la forma, el vocabulario, y el tema central que trata, ese “Elogio de la geometría sagrada” —tal y cómo subtitula el libro—. Todo, en Heberto de Sysmo, es cuántico.

            El libro se divide en siete partes o cantos, cada uno de ellos, a su vez, conformado por siete poemas, en una estructura de fractales en donde las partes más pequeñas (los poemas, las estrofas y los versos) intentan remitir a la estructura contenedora (el poemario). Es la estructura de fractales uno de los elementos fundamentales de la poesía cuántica, pero no el único: en La flor de la vida nos topamos, también, con una dinámica de lo infinito, una transición de aspectos laberínticos hacia formas circulares, con un poemario cíclico que reincide en la tautología o efecto-espejo por el cual la geometría cósmica tiene su réplica anatómica en lo más microscópico del hombre, en la llamada micro-cuántica. Este intento de poetizar desde la macro-cuántica hasta la micro-cuántica, junto a la obsesión de plasmar el universo mediante un universo poético, hacen del libro de Heberto de Sysmo uno de los mayores y más deslumbrantes poemarios cuánticos que haya encontrado.

            Todo en este poemario es excesivo. Excesivo, en efecto, porque excede los límites físicos del libro, porque se expande, como ese universo en big bang al que se refiere el autor, más allá de su continente, para escurrirse por los lados y empaparnos de geométrica trascendencia. Excesivo, porque busca transmitir un conocimiento complejo a través de un conjunto de poemas tan exigentes como deslumbrantes. Como deslumbrantes son los apuntes teóricos y explicativos que acompañan a cada composición, repletos de referencias a otros poetas, a leyes físicas, a teoremas y teorías, que ayudan a facilitar la comprensión de algunas de las más que complejas tesis que el autor busca plasmar en su teoría. Una estructura esta, la del binomio poema-explicación, que en algunos casos me ha recordado al Dante de la Vita Nuova (¿acaso existe un poeta con mayor ambición cuántica que Dante?).

            De esta forma, y tras el jugosísimo prólogo por mano del propio autor —“Ensayo de un entrópico desorden. El axioma del sofisma”—, en donde concluye que su atracción por esta poesía de fractales es producto de la casuística al encontrar en sus propias huellas dactilares la espiral que reproduce las espirales de las constelaciones (la serendipia como motor de lo cuántico y la espiral como “Flor de la vida”), el poemario se abre con la primera parte, ese “Cuerpos geométricos” conformado por una tanda de poemas filosóficos. Si la poesía es un trabajo que se realiza sobre la abstracción del mundo que rodea al poeta, este libro es, pues, abstracción sobre abstracción, como si de un monumental juego de espejos cósmicos se tratase. Los siete cantos de los “Cuerpos geométricos” reproducen el origen y la expansión del cosmos: el primer poema, “Manantial”, es el punto de concentración de luz que dio origen al estallido del cosmos; el big bang del universo es aquí el big bang del poemario. Después, “La esfera”, elogio a la geometría de los cuerpos celestes, a los astros y los planetas, a la propia Tierra. En tercer lugar, una poesía dedicada al triángulo, siendo esta forma el ser humano mismo, para, a continuación, poetizar sobre el cilindro como concepto de eternidad, del universo en expansión. El cuadrado, —como reflejo de las etapas del hombre—, la elipse —como el destino—, y el cuerpo femenino —como última geometría o “huevo cósmico”—, cierran esta parte que obliga al lector a realizar una reflexión sobre lo que Ernesto Sabato denominaría como “Uno y el universo”.

            Algo aturdidos ante la densidad de lo planteado, pero hipnotizados por la estética del planteamiento, el poemario se adentra en “Las llaves de la vida”, siete cánticos basados en las siete vías de autoconocimiento propuestas por la teósofa Helena Blavatsky. Una reflexión sobre el conocimiento y los caminos para alcanzarlo, o sobre la inutilidad e imposibilidad de lograrlo, así como un enfrentamiento entre la carnalidad y el alma que concluye con una victoria de la última, dado que toda la materia forma parte, finalmente, de una misma alma.

            Son los “Versos áureos”, la siguiente estación del poemario. Siguiendo la secuencia de Fibonacci el autor busca reflexionar sobre la creación del universo, con un Dios más relojero que arquitecto (creo que, en este caso, la propuesta de Heberto de Sysmo se complementaría perfectamente con la poesía de Domingo Díaz, un poeta-arquitecto en su libro Listo ya para la hoguera, mientras que Heberto de Sysmo es más un poeta-relojero). La espiral es la protagonista, como máxima expresión de lo fractal ya que, a fin de cuentas, el hombre está albergado en un sistema fractal, llámese universo, que reproduce, incansablemente, las espirales —desde las constelaciones hasta las huellas dactilares y, desde ellas, a las cadenas de ADN—. Es esta geometría de la simetría, que alcanza una escala imperceptible o microscópica, la que el autor entiende como “sagrada”, dado que en ella se alberga esa “flor de la vida” que da título al poemario, espirales vitales con el amor como último motor.

            Pero la voluntad cuántica del autor todavía alcanza más allá en “Humanas reflexiones”, cuarta parte del libro, quizás la central, y que ofrece veintisiete haikus metafísicos y geométricos que se sustentan en la Teoría de las Cuerdas, lo que vendría a ser una especie de poesía vibracional de las partículas atómicas. A los haikus les sigue “Sinergia del amor cuántico”, con poemas que reflexionan sobre el amor y el amor cósmico, con referencias a la mecánica cuántica: todo está conectado, interconectado, no somos polvo de estrellas por casualidad sino por causalidad. Los “Sonetos atlantes”, que vienen a continuación, ponen en danza poética siete elementos de la vida (fuego, tierra, agua, aire, éter, carne y alma), siempre en conexión cósmica y cuántica unos con otros.

            El poemario se cierra con el bloque titulado “Las siete leyes de la creación & Tradición Hermético-Alquímica”. Es un cierre circular que retroalimenta el poemario, con composiciones dedicadas a los principios de la física cuántica que han resultado ser el motor de los versos anteriores. Como un final redundante, la obra termina con el poema referido a la “Ley de fractalidad”, de forma que el poemario pudiera contenerse en esta última composición, juego de espejos y reflejos cuánticos que demuestran que una parte se contiene en la totalidad y que la totalidad se compone de esa misma parte.

            Es el trabajo de Heberto de Sysmo (pseudónimo de José Antonio Olmedo López-Amor, que ya tocaba decirlo, sin olvidar las ilustraciones de Vanesa Torres en una cuidadísima edición a cargo de la editorial Lastura) un poemario inteligente que sacrifica, por voluntad propia, los elementos más líricos en función de una poesía que es emanación del pensamiento, producto de las ideas más que de los corazones, pero que, finalmente, no puede evitar remitirse al amor como una fuerza universal. Si nos fijamos en algunas de las isotopías que mueven, como engranajes, el poemario, nos encontramos con referencias continuas a términos de la física teórica, de la cosmología, de las matemáticas y la geometría… ¿Se puede poetizar sobre estos elementos, con semejantes mimbres? Por supuesto que se puede; siempre he pensado que cualquier asunto es poetizable, que da igual el término o el elemento que introduzcamos en un poema. Cualquier material es bueno para hacer poesía (desde Bukowski a Unamuno, pasando por Rubén Darío o Peter Handke, Walt Whitman o Gloria Fuertes), y Heberto de Sysmo lo demuestra en esta abrumadora composición para concluir que “la fractalidad del amor hace sostenible la vida,// una geometría en lucha constante// contra la simetría de los hombres”.

            Porque si el ser humano es un reflejo del universo, la poesía será, entonces, y según este principio de fractalismo cuántico, el reflejo del hombre.

            Y así, hasta e infinito. Y así, hasta lo infinitesimal.